viernes, 8 de julio de 2011

El mendigo y la princesa (3)

El mendigo se fue corriendo, herido porque la princesa le había ocultado la realidad. Pasaron muchos meses y en la mente del mendigo siempre estaba el rostro de la princesa. No podía quitársela de la cabeza. Intentó odiarla, pero era incapaz. Incluso a veces se acercó tímidamente a los alrededores del palacio solo para verla. Contemplaba a lo lejos la infelicidad de la princesa, pero no podía hacer nada. Ella estaba con su prometido. El mendigo pasó los peores meses de su vida. A punto estuvo de abandonar la ciudad, pero siempre su rayo de esperanza se lo impedía.

Una tarde y de la forma mas inesperada la princesa fue hacia él. Le dijo que había abandonado el palacio y al príncipe. No aguantaba más, ya que con quien verdaderamente quería estar era con el mendigo. A pesar de todo lo ocurrido, el olvidó todo ya que sus ganas de estar con ella eran superiores a su dolor. Ella prometió serle fiel, amarlo para siempre y ser él su único príncipe a pesar de la diferencia social entre ambos. Vivieron durante tiempo felices, acaramelados en un sueño sin fin. Para el mendigo todo era ideal. Es como si todo lo que durante tiempo deseó se hubiese hecho realidad.

Llegó el verano y, como cada año, el grupo de plebeyos hacía una fiesta en la que se reunían todos los mendigos de las distintas calles de la ciudad. El mendigo estaba deseando presentar a su amada princesa a todos sus amigos plebeyos. En la fiesta, el mendigo daría un recital de flauta, algo que motivó aún más a la princesa para asistir a la fiesta. Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar de rumbo. Los celos y el orgullo mal llevado de la princesa no tardaron en llegar. Se puso paranoica con que todas las plebeyas querrían acercarse a su amado mendigo, algo que no tenía sentido ya que si alguien era deseada por todos esa era la princesa.

El mendigo estaba incomodo porque su amada no confiaba en él. Al comenzar su actuación, el mendigo fue incapaz de salir de su asombro. No solo había aguantado durante la fiesta los celos injustificados de la princesa sino que tuvo que observar en su propia cara como algún otro mendigo e incluso ciertas plebeyas se acercaban a la ella con el fin de seducirla.

Al acabar su actuación, el mendigo se acercó a la princesa y delante de todos la dio un largo y caluroso beso con el fin de demostrarle su amor. Entristecido por la desconfianza que había mostrado en él la princesa y por la situación en general, el mendigo tiró su flauta muy lejos y se fue mientras el cielo se hacía cada vez más oscuro.


CONTINUARÁ...

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