Los sueños, sueños son. ¿Y las ilusiones? ¿Son simplemente eso? En caso de que así fuese, sería absurdo vincular la esperanza a las ilusiones porque toda ilusión esconde algo de esperanza. Por poner un ejemplo, es una ilusión ganar la lotería, por lo que un mínimo de esperanza hay en ella; de lo contrario, sería tontería jugar.
Centrémonos ahora en las casualidades. Una casualidad no es más que una coincidencia de la que todo el mundo se sorprende pero que ve como algo normal. Por tanto, alguien que cree en las casualidades es imposible que crea en el destino. Yo creo en el destino y veo complicado que haya casualidades. Puede haber una, dos, a lo sumo tres, pero cuando hay un cúmulo de situaciones que te han afectado incluso sin haberlas “provocado” tú mismo, entonces me temo que no se trata de simples coincidencias.
¿Quién mueve los hilos de la vida? Por supuesto que nosotros mismos, pero ¿somos conscientes de que una decisión puede cambiar el rumbo? Perder el control no es más que haber intentado tenerlo en todo momento. No sirve de nada intentar tener todo dominado cuando al final son las situaciones las que nos dominan.
Aquellos que opinan que las casualidades son simplemente eso, creo sinceramente que se equivocan. Hay algo más, algo que se nos escapa. No se qué es. ¿Por qué ir a un sitio pudiendo ir a otro? La respuesta fácil sería “pues porque me apetecía en ese momento”. Realmente es así, no tiene más. Sin embargo no deja de ser inquietante preguntarse qué hubiese sido de nosotros sin hubiésemos ido por el camino contrario. Nadie lo sabe, es un misterio que jamás podrá resolverse. ¿Qué tienes tú que ver conmigo? ¿Hasta qué punto una decisión mía te afecta? ¿Quién me salva continuamente? ¿Quién aparece en un momento determinado cuando todo parecía normal? Demasiadas preguntas para tan poca persona.
"El hombre ha nacido libre y por doquiera se encuentra sujeto con cadenas" (Jean-Jacques Rousseau).
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lunes, 2 de mayo de 2011
viernes, 8 de abril de 2011
En Re Menor
¿Cómo definir este acorde? Es el más triste, nostálgico, solitario y sin remedio que se puede hacer con seis cuerdas. Aún así tiene algo que engancha y siempre suena agradable por muy pasteloso que pueda parecer. No se si el que me lee (si es que alguien lo hace) sabrá cómo suena un re menor, pero si alguien quiere viajar alguna vez a lo más profundo de su ser, le recomiendo que alguna vez se detenga en escucharlo. ¿Pero qué loco puede “alucinar” con un re menor teniendo LSD?
Hay veces en que la vida misma es re menor. ¡Primavera! El sol, que llevaba tiempo castigado entre las nubes, por fin sale con asiduidad. Y lo más importante: las flores. Ellas también están en re menor. Que curioso… las hay de todos los colores y todas están en ese maldito acorde. No tiene mucho sentido. Lo que se ve en el exterior no se refleja en el interior. A fuera hay un montón de colores, olores a cual más agradable y sonrisas.
Las flores sonríen, pero tú no sonríes a las flores. ¡Pobres flores! Ellas no te han hecho nada, se limitan a estar ahí sin hacerte nada malo. Estoy seguro de que solo quieren la felicidad para ti y tú solo las miras como lo que son, simples flores que en otoño se irán de vacaciones. Es el problema de ver a las flores en re menor, que por muy bonitas que sean, tu las ves a todas de color gris. Ni siquiera negro ya, sino gris.
Tumbado entre ellas, el viento sopla y también suena en re menor. Esto si que es ya de ir a la psicóloga. ¿Pero quién es ella para decirme que el viento no suena en re menor? No estoy loco. Se lo que digo y que el resto no lo entienda me da igual. Por lo menos escucho el re menor, cosa que ellos no son capaces de hacer. Ni siquiera quien parecía estar también en re menor lo está ya. Estoy solo con él. Allá donde voy me acompaña. Nadie está solo si le acompaña la soledad, apodada re menor. Veo los días en re menor. Quizás algún día la vea en re mayor (quien sepa como suena le resultará todo lo contrario al menor) Mientras tanto, ahí estás.
Hay veces en que la vida misma es re menor. ¡Primavera! El sol, que llevaba tiempo castigado entre las nubes, por fin sale con asiduidad. Y lo más importante: las flores. Ellas también están en re menor. Que curioso… las hay de todos los colores y todas están en ese maldito acorde. No tiene mucho sentido. Lo que se ve en el exterior no se refleja en el interior. A fuera hay un montón de colores, olores a cual más agradable y sonrisas.
Las flores sonríen, pero tú no sonríes a las flores. ¡Pobres flores! Ellas no te han hecho nada, se limitan a estar ahí sin hacerte nada malo. Estoy seguro de que solo quieren la felicidad para ti y tú solo las miras como lo que son, simples flores que en otoño se irán de vacaciones. Es el problema de ver a las flores en re menor, que por muy bonitas que sean, tu las ves a todas de color gris. Ni siquiera negro ya, sino gris.
Tumbado entre ellas, el viento sopla y también suena en re menor. Esto si que es ya de ir a la psicóloga. ¿Pero quién es ella para decirme que el viento no suena en re menor? No estoy loco. Se lo que digo y que el resto no lo entienda me da igual. Por lo menos escucho el re menor, cosa que ellos no son capaces de hacer. Ni siquiera quien parecía estar también en re menor lo está ya. Estoy solo con él. Allá donde voy me acompaña. Nadie está solo si le acompaña la soledad, apodada re menor. Veo los días en re menor. Quizás algún día la vea en re mayor (quien sepa como suena le resultará todo lo contrario al menor) Mientras tanto, ahí estás.
lunes, 28 de marzo de 2011
Alipori
Ser, tener, conseguir, lograr, aparentar, hacer, impresionar, llegar a, etc. Todos estos verbos cada vez me resultan más insoportables e indigeribles. Alguna que otra vez me he adentrado en lugares que parecen que tu simple presencia en ellos te va a provocar un chispazo interno que te llevará a la destrucción. Miradas verdaderamente matadoras de personas que ni si quiera conocen ni entienden nada. Gestos, detalles que en un principio pueden parecer insignificantes, pero que al meditarlos lo único que me producen es alipori (vergüenza ajena en latín).
Si a todos aquellos que se creen algo por tener más que los demás y pertenecer a un estatus social alto les diera por preguntarse “¿qué soy yo en este mundo?” probablemente tendrían el mismo sentimiento de alipori que yo. Pero más allá de las cosas materiales que se tengan hay algo que me provoca mucha más tristeza: insignificancia. Seguramente no todos los que sean ricos, por decirlo de alguna forma, sean miserables de espíritu. Algún ricachón bueno habrá; por eso, dejemos a un lado las cosas materiales que al fin y al cabo simplemente son eso, cosas.
La insignificancia es uno de los sentimientos que más machacante puede llegar a ser. Al principio de todo nadie es insignificante porque eres nuevo. Lo novedoso jamás es insignificante por muy malo que sea. De hecho, queda sobradamente demostrado que muchas veces cuanto peor, mejor. En ese sentido y por muy mal que caiga a todos, Lenin no estaba desencaminado. Si el concepto comienzo fuese una persona, todos la envidiaríamos ya que toda la atención estaría centrada en ella. Afortunadamente, el comienzo no es alguien de carne y hueso; y digo afortunadamente porque la acabaríamos despellejando entre todos.
Que alguien eclipsado por el dinero te muestre su insignificancia es todavía entendible porque está bajo los efectos de la apariencia. Pero que gente que aparentemente es sana de mente también lo haga, daña más que un espadazo en el centro del corazón. Nadie es quien para adoptar una postura de superioridad ante otro. Nadie es quien para mostrar insignificancia ante otro. Nadie es quien para creerse más. Nadie es quien para pensar “es que soy yo, y yo puedo”. Nadie puede decir que “nadie no puede hacer tal cosa”, como estoy haciendo yo ahora mismo. Tú no eres nada, que te quede claro. No eres nadie sin los demás (entre los cuales estoy yo también). Yo no soy nada. No soy nada sin ti.
Si a todos aquellos que se creen algo por tener más que los demás y pertenecer a un estatus social alto les diera por preguntarse “¿qué soy yo en este mundo?” probablemente tendrían el mismo sentimiento de alipori que yo. Pero más allá de las cosas materiales que se tengan hay algo que me provoca mucha más tristeza: insignificancia. Seguramente no todos los que sean ricos, por decirlo de alguna forma, sean miserables de espíritu. Algún ricachón bueno habrá; por eso, dejemos a un lado las cosas materiales que al fin y al cabo simplemente son eso, cosas.
La insignificancia es uno de los sentimientos que más machacante puede llegar a ser. Al principio de todo nadie es insignificante porque eres nuevo. Lo novedoso jamás es insignificante por muy malo que sea. De hecho, queda sobradamente demostrado que muchas veces cuanto peor, mejor. En ese sentido y por muy mal que caiga a todos, Lenin no estaba desencaminado. Si el concepto comienzo fuese una persona, todos la envidiaríamos ya que toda la atención estaría centrada en ella. Afortunadamente, el comienzo no es alguien de carne y hueso; y digo afortunadamente porque la acabaríamos despellejando entre todos.
Que alguien eclipsado por el dinero te muestre su insignificancia es todavía entendible porque está bajo los efectos de la apariencia. Pero que gente que aparentemente es sana de mente también lo haga, daña más que un espadazo en el centro del corazón. Nadie es quien para adoptar una postura de superioridad ante otro. Nadie es quien para mostrar insignificancia ante otro. Nadie es quien para creerse más. Nadie es quien para pensar “es que soy yo, y yo puedo”. Nadie puede decir que “nadie no puede hacer tal cosa”, como estoy haciendo yo ahora mismo. Tú no eres nada, que te quede claro. No eres nadie sin los demás (entre los cuales estoy yo también). Yo no soy nada. No soy nada sin ti.
viernes, 18 de marzo de 2011
Pasotismo
La falta de compromiso social de los jóvenes se podría definir con una palabra mucho más accesible para todos, sobre todo para los propios jóvenes: pasotismo.
Yo me considero un auténtico pasota, pero eso no quiere decir que no me interese la sociedad. Precisamente porque soy un pasota, no me creo prácticamente nada de lo que proponen y cuentan las instituciones.
Según las estadísticas, a los jóvenes nos interesa poco la política. Pues bien, yo debo de ser uno de los raros a los que sí le interesa. Pero más allá de interesarme, me preocupa. Me inquieta el rumbo que toma la política y cómo se infecta de intereses partidistas. También se dice que hoy en día no existen ideologías sino que es todo economía pura y dura; estoy totalmente de acuerdo. Las ideologías quedaron atrás, allá por el siglo XIX y parte del XX. Lo que hay ahora son todo puros sistemas económicos y a la gente le importa poco cómo se hagan las cosas si su bien estar no se va a ver afectado. Es decir, ojos que no ven corazón que no siente.
Algo que está claro es que el mundo en general carece de líderes. En el fondo todos buscamos alguien a quien seguir, ya bien sea el Dios ya creado o el que cada uno crea para sí mismo, un padre, un amigo, un músico, un actor, un poeta, etc. Esto define perfectamente el vacío que vive la sociedad en general. Este vacío afecta en mayor medida a los jóvenes y se hace más hincapié en que tienen poco compromiso social porque de ellos se esperan más cosas. Es decir, el joven, al contrario que el jubilado, no puede estar quieto. Tiene que innovar, cambiar y revolucionar el mundo, y esa es su misión como joven que es. Por eso me molesta en exceso ver como muchos ni tienen expectativas o ni si quiera ilusión por nada. La sensación que me da es que parece que les cuesta moverse.
Esto tiene una explicación sencilla: ¿qué tiene que revolucionar hoy en día la juventud si lo tiene ya todo hecho? El tenerlo todo al alcance de la mano sin haber movido un dedo ha propiciado una juventud cada vez más acomodada, que sólo piensa en sí misma y que poco le interesa lo que pase más allá de sus narices. Sería fácil culpar de este fenómeno llamado pasotismo a los padres. Es cierto que algo de culpa pueden tener por haber sido con ellos más flexibles de lo que ellos mismos fueron tratados en su juventud, pero los padres tampoco están en las mentes de sus hijos. Por tanto, no sería justo culpar a los padres del pasotismo de los jóvenes.
El problema es que a los jóvenes se les ha dado la mano y han tomado el brazo. Al ver que todo es fácil y accesible se han olvidado del verdadero valor de las cosas y de la satisfacción de lograr cosas por su propio esfuerzo. Por eso creo que esta crisis económica puede tener su lado positivo, ya que nos hará bajar de la nube para chocarnos de frente con el muro de la realidad. Tener que vivir peor que antes motivará un cambio y hará progresar a la juventud y a la sociedad en general. O por lo menos eso espero.
Yo me considero un auténtico pasota, pero eso no quiere decir que no me interese la sociedad. Precisamente porque soy un pasota, no me creo prácticamente nada de lo que proponen y cuentan las instituciones.
Según las estadísticas, a los jóvenes nos interesa poco la política. Pues bien, yo debo de ser uno de los raros a los que sí le interesa. Pero más allá de interesarme, me preocupa. Me inquieta el rumbo que toma la política y cómo se infecta de intereses partidistas. También se dice que hoy en día no existen ideologías sino que es todo economía pura y dura; estoy totalmente de acuerdo. Las ideologías quedaron atrás, allá por el siglo XIX y parte del XX. Lo que hay ahora son todo puros sistemas económicos y a la gente le importa poco cómo se hagan las cosas si su bien estar no se va a ver afectado. Es decir, ojos que no ven corazón que no siente.
Algo que está claro es que el mundo en general carece de líderes. En el fondo todos buscamos alguien a quien seguir, ya bien sea el Dios ya creado o el que cada uno crea para sí mismo, un padre, un amigo, un músico, un actor, un poeta, etc. Esto define perfectamente el vacío que vive la sociedad en general. Este vacío afecta en mayor medida a los jóvenes y se hace más hincapié en que tienen poco compromiso social porque de ellos se esperan más cosas. Es decir, el joven, al contrario que el jubilado, no puede estar quieto. Tiene que innovar, cambiar y revolucionar el mundo, y esa es su misión como joven que es. Por eso me molesta en exceso ver como muchos ni tienen expectativas o ni si quiera ilusión por nada. La sensación que me da es que parece que les cuesta moverse.
Esto tiene una explicación sencilla: ¿qué tiene que revolucionar hoy en día la juventud si lo tiene ya todo hecho? El tenerlo todo al alcance de la mano sin haber movido un dedo ha propiciado una juventud cada vez más acomodada, que sólo piensa en sí misma y que poco le interesa lo que pase más allá de sus narices. Sería fácil culpar de este fenómeno llamado pasotismo a los padres. Es cierto que algo de culpa pueden tener por haber sido con ellos más flexibles de lo que ellos mismos fueron tratados en su juventud, pero los padres tampoco están en las mentes de sus hijos. Por tanto, no sería justo culpar a los padres del pasotismo de los jóvenes.
El problema es que a los jóvenes se les ha dado la mano y han tomado el brazo. Al ver que todo es fácil y accesible se han olvidado del verdadero valor de las cosas y de la satisfacción de lograr cosas por su propio esfuerzo. Por eso creo que esta crisis económica puede tener su lado positivo, ya que nos hará bajar de la nube para chocarnos de frente con el muro de la realidad. Tener que vivir peor que antes motivará un cambio y hará progresar a la juventud y a la sociedad en general. O por lo menos eso espero.
lunes, 14 de febrero de 2011
¿La quieres? ¡Pues ya está!
Si alguien en este planeta fuese capaz de dar una definición universal de qué es el amor todo sería más fácil. No habría conflictos entre aquellos que se aman (o creen hacerlo), ni dudas respecto a lo que es estar enamorado. Cualquiera podría dar una definición de pasión, placer e incluso del odio. Sin embargo, cuando se trata de hablar de algo tan complejo y que a veces se trata de manera tan superficial como es el amor, la cosa ya no es tan sencilla.
Ya sea por razones de ignorancia o de autoengaño, se tiende a confundir el amor con el enamoramiento. Desde mi punto de vista hay que hacer una clara distinción. El enamoramiento va necesariamente unido a la pasión y al deseo carnal por la otra persona. En la mayor parte de los casos las personas entran en la fase de enamoramiento mucho antes que en la del amor debido a que tan sólo hay un deseo de curiosidad y morbosidad. Es decir, cuando alguien nos atrae es debido a algo, ya sea su estética, su físico, su personalidad en primera estancia o porque simplemente empatas con él.
El amor es mucho más complejo. Es una fase única e irrepetible que, si es sincero, se da en escasas ocasiones. Si antes he dicho que el enamoramiento va unido a la pasión y al deseo físico, el amor tiene además de todo eso el poder de ser una maquina de sensaciones inexplicables. Los más cursis lo llaman mariposas en el estomago. Yo no me aventuro a dar una definición de cuál es el nombre de dicha (y muchas veces dichosa) sensación.
Por tanto, olvidémonos de las flechas de Cupido y seamos realistas. Uno no se enamora cada dos por tres, y cada vez que conoce a una persona que le hace gracia dice estar enamorado de ella. Si es así, entonces el amor tendría una fácil definición: la llama de una vela encendida que se apaga y se enciende continuamente. Sin embargo no es así; y menos mal.
Muchas personas basan su felicidad en tener, ser, aparentar, lograr media hora de placer y luego desaparecer… A todos aquellos que piensan que ser feliz consiste en eso les diré que se equivocan. Es cierto cuando dicen que el amor todo lo puede. Y es que es así, no hay nada más verídico que eso. ¿Qué más da que sea pobre si estoy con la persona que amo? Porque en esta vida no hay nada mejor que amar y ser amado. Ya puede estar acabándose el mundo que si amas y eres amado el resto no importa. Por cierto, hoy es 14 de febrero, feliz San Valentín.
Ya sea por razones de ignorancia o de autoengaño, se tiende a confundir el amor con el enamoramiento. Desde mi punto de vista hay que hacer una clara distinción. El enamoramiento va necesariamente unido a la pasión y al deseo carnal por la otra persona. En la mayor parte de los casos las personas entran en la fase de enamoramiento mucho antes que en la del amor debido a que tan sólo hay un deseo de curiosidad y morbosidad. Es decir, cuando alguien nos atrae es debido a algo, ya sea su estética, su físico, su personalidad en primera estancia o porque simplemente empatas con él.
El amor es mucho más complejo. Es una fase única e irrepetible que, si es sincero, se da en escasas ocasiones. Si antes he dicho que el enamoramiento va unido a la pasión y al deseo físico, el amor tiene además de todo eso el poder de ser una maquina de sensaciones inexplicables. Los más cursis lo llaman mariposas en el estomago. Yo no me aventuro a dar una definición de cuál es el nombre de dicha (y muchas veces dichosa) sensación.
Por tanto, olvidémonos de las flechas de Cupido y seamos realistas. Uno no se enamora cada dos por tres, y cada vez que conoce a una persona que le hace gracia dice estar enamorado de ella. Si es así, entonces el amor tendría una fácil definición: la llama de una vela encendida que se apaga y se enciende continuamente. Sin embargo no es así; y menos mal.
Muchas personas basan su felicidad en tener, ser, aparentar, lograr media hora de placer y luego desaparecer… A todos aquellos que piensan que ser feliz consiste en eso les diré que se equivocan. Es cierto cuando dicen que el amor todo lo puede. Y es que es así, no hay nada más verídico que eso. ¿Qué más da que sea pobre si estoy con la persona que amo? Porque en esta vida no hay nada mejor que amar y ser amado. Ya puede estar acabándose el mundo que si amas y eres amado el resto no importa. Por cierto, hoy es 14 de febrero, feliz San Valentín.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Ni perdón ni olvido
La venganza es el lado más oscuro y a la vez innato que todo ser humano tiene. Sería de necios creer a todos aquellos que van predicando con el ejemplo de poner la otra mejilla. Esos que tan buena cara ponen siempre y que están abiertos a todo tipo de entendimiento son los primeros que a la mínima no cumplen con lo predicado. Por tanto, seamos sinceros de una vez y admitamos que la venganza es uno de los pocos placeres que el ser humano ha inventado para ocultar o intentar remediar sus miserias. Pero puesto que la venganza es un placer, también es limitado. Todo placer es momentáneo y cuando acaba tan solo queda el recuerdo, que en este caso es el rencor.
Tenía razón Borges cuando dijo que el olvido es la única venganza y el único perdón. Desde el punto de vista del rencoroso, esta frase es tan inexistente como la presencia de un gato en una perrera. El rencoroso no concibe la idea del olvido y por eso tiene que justificarse en la venganza para reposar toda su mísera existencia. Es más patético aquel que no olvida que aquel que necesita ser olvidado.
Claro está que olvidar es imposible. No por rencores ni por odios, sino por el simple hecho de que tenemos cerebro y eso nos hace recordar. Esta capacidad de recordar nos transporta a un martirio constante que tenemos que justificar con el rencor. Me atrevería a decir que el rencor es peor que la venganza. Al fin y al cabo, la venganza tan solo es la culminación de todo el odio acumulado por una situación determinada y que tiene que salir por algún sitio porque sino explota. Metafóricamente hablando, la venganza es el adulterio del rencor. Sin entrar a hablar de infidelidades porque no es el tema a tratar hoy, el hecho de que alguien ponga los cuernos a su pareja es generalmente la culminación de un montón de rencores.
No es nada malo, simplemente es parte del ser. Lo que no podemos hacer es ver lo blanco negro y engañarnos pensando que tenemos la capacidad de perdonar. Nadie, absolutamente nadie tiene el don de perdonar. Acabo de terminar con uno de los pilares básicos del cristianismo, perdonar y ser perdonado. La propia religión es la primera que lleva siglos engañándose sobre el perdón. No se puede perdonar por el simple hecho de que no se puede olvidar. Solo un amnésico tendría la capacidad de perdón verdadero. Se empieza a perdonar cuando se termina de olvidar.
Tenía razón Borges cuando dijo que el olvido es la única venganza y el único perdón. Desde el punto de vista del rencoroso, esta frase es tan inexistente como la presencia de un gato en una perrera. El rencoroso no concibe la idea del olvido y por eso tiene que justificarse en la venganza para reposar toda su mísera existencia. Es más patético aquel que no olvida que aquel que necesita ser olvidado.
Claro está que olvidar es imposible. No por rencores ni por odios, sino por el simple hecho de que tenemos cerebro y eso nos hace recordar. Esta capacidad de recordar nos transporta a un martirio constante que tenemos que justificar con el rencor. Me atrevería a decir que el rencor es peor que la venganza. Al fin y al cabo, la venganza tan solo es la culminación de todo el odio acumulado por una situación determinada y que tiene que salir por algún sitio porque sino explota. Metafóricamente hablando, la venganza es el adulterio del rencor. Sin entrar a hablar de infidelidades porque no es el tema a tratar hoy, el hecho de que alguien ponga los cuernos a su pareja es generalmente la culminación de un montón de rencores.
No es nada malo, simplemente es parte del ser. Lo que no podemos hacer es ver lo blanco negro y engañarnos pensando que tenemos la capacidad de perdonar. Nadie, absolutamente nadie tiene el don de perdonar. Acabo de terminar con uno de los pilares básicos del cristianismo, perdonar y ser perdonado. La propia religión es la primera que lleva siglos engañándose sobre el perdón. No se puede perdonar por el simple hecho de que no se puede olvidar. Solo un amnésico tendría la capacidad de perdón verdadero. Se empieza a perdonar cuando se termina de olvidar.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Typical Spanish
(Antes de nada, esta entrada del blog ha sido publicada hoy en una pagina web de la que soy colaborador, www.elpatibulo.es. Será la primera y última vez que publique algo en este blog que también haya publicado en la otra web)
Señores, bienvenidos a España. Ese país que tanto destaca por su sol, su buena comida, sus guapas mujeres y por su amplio grado de paletismo. ¿Paletismo? Sí, eso he dicho. Somos los líderes indiscutibles del cachondeo y la juerga, y parece que eso nos mantiene felices. Un país en donde la única ley que se cumple al cien por cien es la del mínimo esfuerzo. Tenemos un nivel cultural tan elevado que contemplamos el toreo como una magnifica obra de arte. Aunque dicho sea de paso, también somos muy sensibles, ya que nos quedamos anonadados cada vez que hay una cornada. Claro, es que ponerse delante de un toro no solo es un arte sino un completo acto de cordura. ¡Faltaría mas!
Pero ante todo, tenemos claro quienes son nuestros líderes. Mientras Zapatero y Rajoy parecen no ponerse de acuerdo ni en que la leche es blanca, Belén Esteban escala posiciones en su carrera hacia la Moncloa. No solo conseguiría cinco escaños en el congreso (cuatro más que Rosa Díez en las últimas elecciones generales) sino que ya le hacen su propio Tengo una pregunta para usted. Quién sabe, a lo mejor esta mujer tiene la solución para salir de la crisis económica y no la estamos tomando en serio.
Todo esto me lleva a pensar que desgraciadamente el paletismo ha dado un golpe de estado en nuestras calles. Hemos llegado un momento en que, por lo menos, merece una reflexión ver que somos un país que solo ejercita el patriotismo sincero cuando juega la Selección.
Definitivamente, y en esto creo que todos coincidimos, España es diferente. Todavía no se si eso es bueno o malo.
¿Y todo este sarcasmo? No es sarcasmo, es la realidad. Además ¿quién habló de sarcasmo en esta web?
Señores, bienvenidos a España. Ese país que tanto destaca por su sol, su buena comida, sus guapas mujeres y por su amplio grado de paletismo. ¿Paletismo? Sí, eso he dicho. Somos los líderes indiscutibles del cachondeo y la juerga, y parece que eso nos mantiene felices. Un país en donde la única ley que se cumple al cien por cien es la del mínimo esfuerzo. Tenemos un nivel cultural tan elevado que contemplamos el toreo como una magnifica obra de arte. Aunque dicho sea de paso, también somos muy sensibles, ya que nos quedamos anonadados cada vez que hay una cornada. Claro, es que ponerse delante de un toro no solo es un arte sino un completo acto de cordura. ¡Faltaría mas!
Pero ante todo, tenemos claro quienes son nuestros líderes. Mientras Zapatero y Rajoy parecen no ponerse de acuerdo ni en que la leche es blanca, Belén Esteban escala posiciones en su carrera hacia la Moncloa. No solo conseguiría cinco escaños en el congreso (cuatro más que Rosa Díez en las últimas elecciones generales) sino que ya le hacen su propio Tengo una pregunta para usted. Quién sabe, a lo mejor esta mujer tiene la solución para salir de la crisis económica y no la estamos tomando en serio.
Todo esto me lleva a pensar que desgraciadamente el paletismo ha dado un golpe de estado en nuestras calles. Hemos llegado un momento en que, por lo menos, merece una reflexión ver que somos un país que solo ejercita el patriotismo sincero cuando juega la Selección.
Definitivamente, y en esto creo que todos coincidimos, España es diferente. Todavía no se si eso es bueno o malo.
¿Y todo este sarcasmo? No es sarcasmo, es la realidad. Además ¿quién habló de sarcasmo en esta web?
sábado, 16 de octubre de 2010
No puedes escapar
Por lo general, las personas nos creemos libres. Quitando algunas excepciones de gente que, desgraciadamente, vive en represión por el Estado, sectas de cualquier tipo u otras circunstancias, nos podemos considerar libres. Nos creemos “supermanes” de las situaciones; podemos salir de cualquier conflicto ya que para eso tenemos la capacidad de comunicarnos y eso nos ayuda bastante.
Nadie puede obligarnos a hacer nada que no queramos. Podemos evitar todo aquello que nos cause molestia. Por poner un ejemplo absurdo, si no me gustan las acelgas las ignoro y no me las como. Por tanto, somos libres. Así que desde aquí le doy un aplauso a todos aquellos que se lo creen.
Pues bien, lamento decir que solo somos libres de ojos para afuera. Somos libres de todo menos de nosotros mismos. Esto es debido a que tenemos conciencia. Nadie puede escapar de ella. Es peor que una novia posesiva o un acosador. Siempre está ahí y es imposible hacerla desaparecer.
Lo peor de todo es que la conciencia es un enemigo que siempre tiene la razón. Aquel que intente quitársela tiene un problema muy serio. Estará hora tras hora intentando autoconvencerse de lo contrario que le dicta su conciencia y acabará mal, lógicamente.
Queda demostrado que la conciencia es la niña mimada de cada uno. Así que a todos los que intenten ir en contra de su conciencia les recomiendo que no lo hagan, porque por mucho que prolonguen su agonía al final siempre se sale con la suya.
Nadie puede obligarnos a hacer nada que no queramos. Podemos evitar todo aquello que nos cause molestia. Por poner un ejemplo absurdo, si no me gustan las acelgas las ignoro y no me las como. Por tanto, somos libres. Así que desde aquí le doy un aplauso a todos aquellos que se lo creen.
Pues bien, lamento decir que solo somos libres de ojos para afuera. Somos libres de todo menos de nosotros mismos. Esto es debido a que tenemos conciencia. Nadie puede escapar de ella. Es peor que una novia posesiva o un acosador. Siempre está ahí y es imposible hacerla desaparecer.
Lo peor de todo es que la conciencia es un enemigo que siempre tiene la razón. Aquel que intente quitársela tiene un problema muy serio. Estará hora tras hora intentando autoconvencerse de lo contrario que le dicta su conciencia y acabará mal, lógicamente.
Queda demostrado que la conciencia es la niña mimada de cada uno. Así que a todos los que intenten ir en contra de su conciencia les recomiendo que no lo hagan, porque por mucho que prolonguen su agonía al final siempre se sale con la suya.
jueves, 19 de agosto de 2010
Legalización del vicio
¿Qué es el vicio? Podríamos definirlo como la excesiva afición a algo que a la larga acaba siendo perjudicial para nosotros. Sí, podría servir, pero yo voy más allá: vicio es vida, porque ¿qué sería la vida sin vicios? Sería aburrido vivir día tras día viendo como pasan las horas sin tener ganas de hacer algo en concreto.
El problema no está en tener un vicio o varios sino en ocultarlos e intentar camuflarlos con justificaciones baratas. “Visito frecuentemente los burdeles porque me falta sexo”. Típica frase de alguien para justificar algo injustificable que es que le gustan tanto las mujeres que no es capaz de tener paciencia para poder ligarse (vulgarmente hablando) a una mujer sin tener que pagar. De siempre he dicho que un prostíbulo me parece uno de los sitios mas dignos que hay y por eso me molesta que solamente lo visiten indignos. Porque es absolutamente de indignos avergonzarse y ocultar el vicio de consumir prostitución.
He puesto el ejemplo de la prostitución pero hay muchos más. Sin ir más lejos, la droga es otro vicio que todo aquel que la consume lo oculta porque la sociedad lo ve mal. Seamos serios, si uno es mayor para consumir cocaína y se siente bien consumiéndola ¿qué sentido tiene andar escondiéndose de ella? Una respuesta madura ante la sociedad sería: “disfruto con la cocaína y se que me estoy matando, pero me da igual porque me da placer así que exijo que se legalice”. Yo estoy a favor de la legalización de todas las drogas. No me vale la falacia de unas sí porque no son tan duras y otras no porque matan más rápido. Apoyo la legalización de todas porque así acabaríamos de una vez con el mercado del trapicheo que tantas familias rompe y los narcotraficantes irían al paro. El que quiera drogarse que se drogue, pero siempre en sitios específicos para ello y no en las esquinas de las calles o en los baños de las discotecas. Ya hay demasiada información como para engañarnos de que legalizando llevaríamos a la sociedad al suicidio.
La formula para acabar con los mal llamados vicios de la gente no está en prohibir sino en legalizar con una previa información. Prostitución sí, pero en un local preparado para eso y con una higiene ejemplar, no en la calle detrás de un arbusto. Drogas sí, pero en un lugar especifico para consumir todo tipo de sustancias y que estuviera visible como lo está el supermercado, la farmacia o el banco. Y lo mismo con otras muchas cosas que el ser humano hace a escondidas o mirando de reojo por si acaso alguien mira. Lástima que tener esta visión sea catalogarse en un suicida social. Lamentablemente la sociedad no está preparada para dar este paso. No me gustan los políticos, siempre lo he dicho, pero apoyaría firmemente a aquel que promoviera una sociedad verdadera y no esta tapadera que hay montada en donde lo único que está legalizado es la hipocresía.
El problema no está en tener un vicio o varios sino en ocultarlos e intentar camuflarlos con justificaciones baratas. “Visito frecuentemente los burdeles porque me falta sexo”. Típica frase de alguien para justificar algo injustificable que es que le gustan tanto las mujeres que no es capaz de tener paciencia para poder ligarse (vulgarmente hablando) a una mujer sin tener que pagar. De siempre he dicho que un prostíbulo me parece uno de los sitios mas dignos que hay y por eso me molesta que solamente lo visiten indignos. Porque es absolutamente de indignos avergonzarse y ocultar el vicio de consumir prostitución.
He puesto el ejemplo de la prostitución pero hay muchos más. Sin ir más lejos, la droga es otro vicio que todo aquel que la consume lo oculta porque la sociedad lo ve mal. Seamos serios, si uno es mayor para consumir cocaína y se siente bien consumiéndola ¿qué sentido tiene andar escondiéndose de ella? Una respuesta madura ante la sociedad sería: “disfruto con la cocaína y se que me estoy matando, pero me da igual porque me da placer así que exijo que se legalice”. Yo estoy a favor de la legalización de todas las drogas. No me vale la falacia de unas sí porque no son tan duras y otras no porque matan más rápido. Apoyo la legalización de todas porque así acabaríamos de una vez con el mercado del trapicheo que tantas familias rompe y los narcotraficantes irían al paro. El que quiera drogarse que se drogue, pero siempre en sitios específicos para ello y no en las esquinas de las calles o en los baños de las discotecas. Ya hay demasiada información como para engañarnos de que legalizando llevaríamos a la sociedad al suicidio.
La formula para acabar con los mal llamados vicios de la gente no está en prohibir sino en legalizar con una previa información. Prostitución sí, pero en un local preparado para eso y con una higiene ejemplar, no en la calle detrás de un arbusto. Drogas sí, pero en un lugar especifico para consumir todo tipo de sustancias y que estuviera visible como lo está el supermercado, la farmacia o el banco. Y lo mismo con otras muchas cosas que el ser humano hace a escondidas o mirando de reojo por si acaso alguien mira. Lástima que tener esta visión sea catalogarse en un suicida social. Lamentablemente la sociedad no está preparada para dar este paso. No me gustan los políticos, siempre lo he dicho, pero apoyaría firmemente a aquel que promoviera una sociedad verdadera y no esta tapadera que hay montada en donde lo único que está legalizado es la hipocresía.
jueves, 29 de julio de 2010
¿Cornada a la libertad?
Voy tratar un tema que desde siempre me ha dado igual: los toros. En primer lugar, tengo que decir que no me gustan los toros. Me parece un espectáculo lamentable y que sería capaz de producirme cualquier cosa menos diversión. Pero esto es solo mi opinión y respeto a quienes aman las corridas y disfrutan como un niño en navidad viéndolas.
No me preocupa en absoluto que a un torero se lo lleve por delante un toro. Es más, no me produce ningún tipo de reacción, llámenme insensible pero es así. ¿Pena a lo mejor? Bueno, a nadie le gusta ver sufrir a los demás, quitando a asesinos o psicópatas que parece ser que disfrutan con ello. Pero no, mucha pena no me dan porque es tan lógico como aquel que se pone delante de un tigre y pretende que el tigre no le coma. Por eso no entiendo tampoco el escándalo que se genera cuando un torero sale prácticamente moribundo de una corrida por haber recibido la cornada de un toro. Aunque sí debo reconocer que hay bastantes probabilidades de que Dios exista para ellos porque siempre, afortunadamente, se recuperan.
Se ha generado mucha polémica sobre lo que ha ocurrido en Cataluña con la ilegalización de las corridas taurinas. Tengo que decir que no estoy de acuerdo con esta decisión. ¿Y cómo es posible si a mi no me gustan los toros? Pues porque respeto a quienes sí les gusta. No me gustaría que esto se interpretara como una defensa a los toros. Lo que veo es que cada vez más se solucionan las cosas a golpe de prohibición. Claro, como hay democracia pues con votarlo los políticos parece que vale. Entonces me temo que esto no es una democracia sino una especie de dictadura libertaria con una combinación de fascismo y anarquismo, o lo que es peor, un “viva la Pepa” con ciertas censuras.
Por otro lado, también observo que se está desviando lo que realmente es importante en el tema. Cierto sector de la población no hace más que quejarse sobre que se acaba de romper una cultura española y un arte. ¿Pero qué arte? No confundamos tradición con arte. Yo puedo tener la costumbre de hacer barbacoas todo los sábados con mi familia y a la larga se acaba convirtiendo en tradición familiar, pero nunca será arte. Pues lo mismo pasa con esto, por muy bien que se le de al torero vacilar al toro no será nunca arte sino tradición e incluso profesión. Porque yo no he oído nunca que se diga que un medico tiene arte operando a corazón abierto, y eso esta más cerca de ser arte que lo otro. No confundamos el poder asistir libremente a una corrida de toros, lo cual yo respeto y creo que es un derecho social cómo lo es el futbol o las exposiciones mangas, a escudarnos en el típico discurso catastrofista que siempre hace la misma gente. Seamos serios.
No me preocupa en absoluto que a un torero se lo lleve por delante un toro. Es más, no me produce ningún tipo de reacción, llámenme insensible pero es así. ¿Pena a lo mejor? Bueno, a nadie le gusta ver sufrir a los demás, quitando a asesinos o psicópatas que parece ser que disfrutan con ello. Pero no, mucha pena no me dan porque es tan lógico como aquel que se pone delante de un tigre y pretende que el tigre no le coma. Por eso no entiendo tampoco el escándalo que se genera cuando un torero sale prácticamente moribundo de una corrida por haber recibido la cornada de un toro. Aunque sí debo reconocer que hay bastantes probabilidades de que Dios exista para ellos porque siempre, afortunadamente, se recuperan.
Se ha generado mucha polémica sobre lo que ha ocurrido en Cataluña con la ilegalización de las corridas taurinas. Tengo que decir que no estoy de acuerdo con esta decisión. ¿Y cómo es posible si a mi no me gustan los toros? Pues porque respeto a quienes sí les gusta. No me gustaría que esto se interpretara como una defensa a los toros. Lo que veo es que cada vez más se solucionan las cosas a golpe de prohibición. Claro, como hay democracia pues con votarlo los políticos parece que vale. Entonces me temo que esto no es una democracia sino una especie de dictadura libertaria con una combinación de fascismo y anarquismo, o lo que es peor, un “viva la Pepa” con ciertas censuras.
Por otro lado, también observo que se está desviando lo que realmente es importante en el tema. Cierto sector de la población no hace más que quejarse sobre que se acaba de romper una cultura española y un arte. ¿Pero qué arte? No confundamos tradición con arte. Yo puedo tener la costumbre de hacer barbacoas todo los sábados con mi familia y a la larga se acaba convirtiendo en tradición familiar, pero nunca será arte. Pues lo mismo pasa con esto, por muy bien que se le de al torero vacilar al toro no será nunca arte sino tradición e incluso profesión. Porque yo no he oído nunca que se diga que un medico tiene arte operando a corazón abierto, y eso esta más cerca de ser arte que lo otro. No confundamos el poder asistir libremente a una corrida de toros, lo cual yo respeto y creo que es un derecho social cómo lo es el futbol o las exposiciones mangas, a escudarnos en el típico discurso catastrofista que siempre hace la misma gente. Seamos serios.
miércoles, 9 de junio de 2010
Hamlet creó a Shakespeare
¿Qué es el mundo? Parece una pregunta compleja pero tiene una respuesta racional y lógica. El mundo es la verdad, y la verdad no es lo contrario de la mentira, sino algo mucho más fácil; la verdad es la realidad de las cosas. Sabiendo que el mundo es la verdad, y por tanto la realidad de las cosas, llegamos a la conclusión de que hay poca esperanza para nosotros. Por eso, pensar que este argumento es el válido lo veo muy triste y aún mas deprimente.
Yo propongo otro punto de vista, a lo mejor más irreal y fuera de la realidad pero que me hace pensar que las cosas tienen que tener algo más que lo que acaban demostrando. Muchos pensadores opinan que hay que quedarse con la esencia de las cosas. En parte lo comparto, pero la esencia implica quedarse con la realidad de uno mismo y eso ya me asusta más. Lo explicaré con un ejemplo un tanto absurdo: si a alguien que le gusta mucho el chocolate se come una gran cantidad y acaba vomitando por empacho, la realidad de la situación es que el chocolate le ha sentado mal y que no le ha hecho ningún bien. Ahora bien, si en vez de quedarnos con la realidad del asunto nos quedamos con que esa persona antes del empacho preveía una felicidad comiendo chocolate, entonces habremos conseguido alcanzar un mínimo de felicidad.
Tenemos el gran defecto de que cuando algo nos gusta de primeras intentamos profundizar en ello. Hacemos esto porque creemos que es lo mejor para nosotros pero no pensamos en las consecuencias, y es aquí cuando nos chocamos con la realidad de las cosas, es decir, con la verdad. Tras haber profundizado en eso que tanto nos gustaba la primera vez, nos damos cuenta de que no era tan bueno como creíamos. Es en ese momento cuando nos visita ese amigo viajero que creíamos haber olvidado llamado decepción.
Una vez más, tengo la solución (o eso quiero creer para seguir engañándome). En primer lugar, por mucho que nos guste algo, ya sea una persona del sexo opuesto (o del mismo), un libro, una película, una exposición de caramelos o lo que sea, no intentes amoldar esa realidad a lo que tu creías porque saldrás perdiendo siempre. Conformémonos con lo primero y si hace falta que se quede simplemente en eso. De este modo lograremos adaptar la realidad a lo que queremos. Shakespeare no creó a Hamlet, al contrario. Nosotros no somos parte del mundo, sino que el mundo es parte de nosotros.
Yo propongo otro punto de vista, a lo mejor más irreal y fuera de la realidad pero que me hace pensar que las cosas tienen que tener algo más que lo que acaban demostrando. Muchos pensadores opinan que hay que quedarse con la esencia de las cosas. En parte lo comparto, pero la esencia implica quedarse con la realidad de uno mismo y eso ya me asusta más. Lo explicaré con un ejemplo un tanto absurdo: si a alguien que le gusta mucho el chocolate se come una gran cantidad y acaba vomitando por empacho, la realidad de la situación es que el chocolate le ha sentado mal y que no le ha hecho ningún bien. Ahora bien, si en vez de quedarnos con la realidad del asunto nos quedamos con que esa persona antes del empacho preveía una felicidad comiendo chocolate, entonces habremos conseguido alcanzar un mínimo de felicidad.
Tenemos el gran defecto de que cuando algo nos gusta de primeras intentamos profundizar en ello. Hacemos esto porque creemos que es lo mejor para nosotros pero no pensamos en las consecuencias, y es aquí cuando nos chocamos con la realidad de las cosas, es decir, con la verdad. Tras haber profundizado en eso que tanto nos gustaba la primera vez, nos damos cuenta de que no era tan bueno como creíamos. Es en ese momento cuando nos visita ese amigo viajero que creíamos haber olvidado llamado decepción.
Una vez más, tengo la solución (o eso quiero creer para seguir engañándome). En primer lugar, por mucho que nos guste algo, ya sea una persona del sexo opuesto (o del mismo), un libro, una película, una exposición de caramelos o lo que sea, no intentes amoldar esa realidad a lo que tu creías porque saldrás perdiendo siempre. Conformémonos con lo primero y si hace falta que se quede simplemente en eso. De este modo lograremos adaptar la realidad a lo que queremos. Shakespeare no creó a Hamlet, al contrario. Nosotros no somos parte del mundo, sino que el mundo es parte de nosotros.
jueves, 13 de mayo de 2010
Todos somos el fantasma de la ópera
Las personas no son como creemos que son. Incluso nosotros mismos no somos como creemos ser. Tendemos a vernos como nos gustaría ser, pero no nos vemos como realmente somos. Creamos un espejo ficticio de nosotros mismos que no es más que un retrato bello de lo que nunca fuimos.
Muchas veces nos ha pasado lo típico de conocer a una persona y que nos de una impresión positiva o negativa. Si la primera visión que sacamos de ella es negativa entonces le marcamos con una cruz y ya puede ser la madre Teresa de Calcuta que nadie arreglará lo mal que nos cae. Pero esa mala impresión es hasta buena, porque el problema viene realmente cuando de primeras nos cae bien alguien y con el paso del tiempo nos damos cuenta de que no era tan bueno como creíamos.
De repente pensamos ¡cómo ha cambiado, antes no era así! Temo decirles que están equivocados. Ese pensamiento es solo un consuelo para no afrontar la realidad. Las personas no cambian sino que son. Pueden tener más o menos oculta su verdadera personalidad pero tarde o temprano acaba saliendo. Todos escondemos una voz a la que acabamos haciendo caso. Es inevitable, porque por mucho que tu no quieras escuchar esa voz, ella te sigue hablando cada vez más alto y al final acabas sucumbiendo a sus encantos.
Nunca conoces del todo a las personas. Eso no es malo, sino que es como es. No se puede luchar contra la realidad. Al final, por mucho que creamos que la mentira manda sobre la verdad, la verdad acaba saliendo por algún lado. Todos tenemos un fantasma de la ópera oculto que sacamos a pasear de vez en cuando. Lo que pasa es que muchas veces no nos damos cuenta de que lo tenemos hasta que los demás nos lo descubren. La pregunta importante que usted debería hacerse es: ¿quién quiere ser? Aunque no lo crea, solo usted lo sabe.
Muchas veces nos ha pasado lo típico de conocer a una persona y que nos de una impresión positiva o negativa. Si la primera visión que sacamos de ella es negativa entonces le marcamos con una cruz y ya puede ser la madre Teresa de Calcuta que nadie arreglará lo mal que nos cae. Pero esa mala impresión es hasta buena, porque el problema viene realmente cuando de primeras nos cae bien alguien y con el paso del tiempo nos damos cuenta de que no era tan bueno como creíamos.
De repente pensamos ¡cómo ha cambiado, antes no era así! Temo decirles que están equivocados. Ese pensamiento es solo un consuelo para no afrontar la realidad. Las personas no cambian sino que son. Pueden tener más o menos oculta su verdadera personalidad pero tarde o temprano acaba saliendo. Todos escondemos una voz a la que acabamos haciendo caso. Es inevitable, porque por mucho que tu no quieras escuchar esa voz, ella te sigue hablando cada vez más alto y al final acabas sucumbiendo a sus encantos.
Nunca conoces del todo a las personas. Eso no es malo, sino que es como es. No se puede luchar contra la realidad. Al final, por mucho que creamos que la mentira manda sobre la verdad, la verdad acaba saliendo por algún lado. Todos tenemos un fantasma de la ópera oculto que sacamos a pasear de vez en cuando. Lo que pasa es que muchas veces no nos damos cuenta de que lo tenemos hasta que los demás nos lo descubren. La pregunta importante que usted debería hacerse es: ¿quién quiere ser? Aunque no lo crea, solo usted lo sabe.
lunes, 26 de abril de 2010
Temerarios con miedo
El mundo no se compone de príncipes azules y de bellas damas, sino de príncipes feos y de damas lesbianas (generalmente bellas). Se que esto que acabo de mencionar puede crear cierta confusión pero confío en que nadie se lo tome literalmente. Si alguien todavía piensa que es posible cumplir los cuentos de hadas, que inmediatamente deje de leer esto.
Tenemos la dichosa manía de querer siempre lograr cosas imposibles. Esto se debe a que nos creemos tan sumamente superiores al resto que nos vemos capaces de conquistar todo lo que se nos antoje. Por eso, bien empleado le está al hombre ese tremendo golpe que se da cada cierto tiempo en los morros. El típico refrán de “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” no está mal formulado pero creo que le falta algo. Yo lo sustituiría por “el hombre es el único animal que se choca de frente con un muro de hormigón y se siente orgulloso de ello”.
Somos unos suicidas con suerte. Si cada vez que nos damos ese golpe con el muro de hormigón nos viniéramos abajo, estaríamos enterrados en vida. No hay mal que por bien no venga. Las decepciones solo pueden provocar dos fases: obsesión y engaño. La fase de obsesión es la peor de todas puesto que uno se convierte en un paranoico y como ve que no logra lo que quiere se hunde cada vez más. Superada la fase de obsesión llega la fase de engaño, donde la obsesión ha quedado atrás pero la paranoia se extiende. Al ver que con la obsesión no logramos lo que perseguimos tan ansiadamente, nos justificamos a nosotros mismos pensando que ya lo conseguiremos; si no es ahora, será después.
No se todavía si hay alguna fase más, espero que no. El engaño es solo un intento de subida de autoestima y que a veces cura las heridas al 90%. Por eso, al principio de estas líneas, comentaba que no existe el estereotipo de cuento feliz. Si te empeñas en algo es muy probable que lo consigas, pero no se si vale la pena todo lo que acarrea intentar conseguirlo.
Lo único que me consuela de todo esto es que aquellas personas que creen que van a encontrar al príncipe azul se toparán con lo contrario.
El tren solo pasa una vez. Puedes cogerlo o seguir esperando. Sabes que a los tres minutos va a pasar otro, pero siempre te quedará la duda de qué hubiera pasado cogiéndolo. Lo único que te impide cogerlo y esperar al siguiente es el miedo.
Tenemos la dichosa manía de querer siempre lograr cosas imposibles. Esto se debe a que nos creemos tan sumamente superiores al resto que nos vemos capaces de conquistar todo lo que se nos antoje. Por eso, bien empleado le está al hombre ese tremendo golpe que se da cada cierto tiempo en los morros. El típico refrán de “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” no está mal formulado pero creo que le falta algo. Yo lo sustituiría por “el hombre es el único animal que se choca de frente con un muro de hormigón y se siente orgulloso de ello”.
Somos unos suicidas con suerte. Si cada vez que nos damos ese golpe con el muro de hormigón nos viniéramos abajo, estaríamos enterrados en vida. No hay mal que por bien no venga. Las decepciones solo pueden provocar dos fases: obsesión y engaño. La fase de obsesión es la peor de todas puesto que uno se convierte en un paranoico y como ve que no logra lo que quiere se hunde cada vez más. Superada la fase de obsesión llega la fase de engaño, donde la obsesión ha quedado atrás pero la paranoia se extiende. Al ver que con la obsesión no logramos lo que perseguimos tan ansiadamente, nos justificamos a nosotros mismos pensando que ya lo conseguiremos; si no es ahora, será después.
No se todavía si hay alguna fase más, espero que no. El engaño es solo un intento de subida de autoestima y que a veces cura las heridas al 90%. Por eso, al principio de estas líneas, comentaba que no existe el estereotipo de cuento feliz. Si te empeñas en algo es muy probable que lo consigas, pero no se si vale la pena todo lo que acarrea intentar conseguirlo.
Lo único que me consuela de todo esto es que aquellas personas que creen que van a encontrar al príncipe azul se toparán con lo contrario.
El tren solo pasa una vez. Puedes cogerlo o seguir esperando. Sabes que a los tres minutos va a pasar otro, pero siempre te quedará la duda de qué hubiera pasado cogiéndolo. Lo único que te impide cogerlo y esperar al siguiente es el miedo.
lunes, 12 de abril de 2010
Al final sólo queda el recuerdo
El tiempo es algo fundamental en la vida de una persona. No solo porque marque la cantidad de años que vamos a vivir sino porque es una de las pocas cosas que nos pone en nuestro sitio. Cuando hablo de tiempo no me refiero al tiempo como pasado, presente o futuro, sino como a esa maquina que en cualquier momento puede dejar de funcionar.
De hecho, si algo tengo claro es de que el único tiempo verbal que realmente existe es el pasado. Ni el presente ni el futuro pueden medirse. El presente es aquello que te va sucediendo, pero pasa tan sumamente rápido que se convierte en una especie de futuro. Digo especie de futuro porque el futuro tal y cómo lo conocemos sería ahora, y ahora, y ahora, y así podríamos seguir eternamente. Por tanto no existe el futuro como tal. Pero podría llegar el típico listo e intentar desmontar mi argumento con algo tan sencillo y vago como: dentro de veinte años será futuro, por lo que sí existe. Lamento decir que ese pensamiento, además de básico, es muy arriesgado porque uno no maneja su vida y puede que no llegue a vivir dentro de veinte años porque ni si quiera sabemos qué va a ocurrirnos dentro de un segundo. Intuimos que seguiremos viviendo, de hecho, es muy probable que así sea, pero no lo sabemos con total certeza.
Ante todo esto, lo único que existe con certeza es el pasado. Físicamente no, porque está en nuestra memoria, pero sabemos con seguridad que ha existido. Y lo peor de todo es que no es el pasado lo que permanece sino un recuerdo que con el paso del tiempo se va quedando lejano. Es triste pero es así. Sin embargo el recuerdo tiene algo bueno y es que es nuestro cerebro quien lo maneja. Podemos tener el recuerdo de una persona a la que la vida le ha tratado trágicamente pero nosotros quedarnos con lo buena persona que era o lo feliz que nos hacía estar con él. Nuestro cerebro, automáticamente, tiende a borrar lo malo para quedarse con lo bueno.
El recuerdo es la verdadera vida eterna. Ni siquiera el cielo, para los que son religiosos, es comparable con el recuerdo. Lamentablemente, el recuerdo tiene un hermano pequeño revoltoso y travieso que se llama remordimiento. Feo nombre para feo sentimiento. Por eso, mientras vivamos intentemos hacernos la existencia fácil los unos a los otros. No digo placentera o ni siquiera feliz, simplemente fácil.
El remordimiento puede perdonarse con el paso del tiempo, pero la maquina de la vida, que es el verdadero tiempo, nunca perdona.
De hecho, si algo tengo claro es de que el único tiempo verbal que realmente existe es el pasado. Ni el presente ni el futuro pueden medirse. El presente es aquello que te va sucediendo, pero pasa tan sumamente rápido que se convierte en una especie de futuro. Digo especie de futuro porque el futuro tal y cómo lo conocemos sería ahora, y ahora, y ahora, y así podríamos seguir eternamente. Por tanto no existe el futuro como tal. Pero podría llegar el típico listo e intentar desmontar mi argumento con algo tan sencillo y vago como: dentro de veinte años será futuro, por lo que sí existe. Lamento decir que ese pensamiento, además de básico, es muy arriesgado porque uno no maneja su vida y puede que no llegue a vivir dentro de veinte años porque ni si quiera sabemos qué va a ocurrirnos dentro de un segundo. Intuimos que seguiremos viviendo, de hecho, es muy probable que así sea, pero no lo sabemos con total certeza.
Ante todo esto, lo único que existe con certeza es el pasado. Físicamente no, porque está en nuestra memoria, pero sabemos con seguridad que ha existido. Y lo peor de todo es que no es el pasado lo que permanece sino un recuerdo que con el paso del tiempo se va quedando lejano. Es triste pero es así. Sin embargo el recuerdo tiene algo bueno y es que es nuestro cerebro quien lo maneja. Podemos tener el recuerdo de una persona a la que la vida le ha tratado trágicamente pero nosotros quedarnos con lo buena persona que era o lo feliz que nos hacía estar con él. Nuestro cerebro, automáticamente, tiende a borrar lo malo para quedarse con lo bueno.
El recuerdo es la verdadera vida eterna. Ni siquiera el cielo, para los que son religiosos, es comparable con el recuerdo. Lamentablemente, el recuerdo tiene un hermano pequeño revoltoso y travieso que se llama remordimiento. Feo nombre para feo sentimiento. Por eso, mientras vivamos intentemos hacernos la existencia fácil los unos a los otros. No digo placentera o ni siquiera feliz, simplemente fácil.
El remordimiento puede perdonarse con el paso del tiempo, pero la maquina de la vida, que es el verdadero tiempo, nunca perdona.
domingo, 4 de abril de 2010
No quiero despertar
Queda poca gente que se plantee vivir en un sueño. Más bien, en todo caso hay personas que viven en su burbuja al margen de la realidad, pero en el fondo son conscientes de lo que pasa. Ese pasotismo de cierta gente hacia la vida solo puede indicar dos cosas: que realmente sean así y sea imposible sacar nada de ellos, o bien porque se refugian en un pasotismo ficticio para tapar lo vacías que están sus vidas. También es cierto que un buen ejercicio de pasotismo a tiempo es una victoria. Pero no he venido aquí a hablar de pasotismo ni de los tipos de pasotismo que hay porque ya me estoy aburriendo. Mejor hablemos de algo mucho mas falso y creador de ilusiones como son los sueños.
Un sueño, quitando alguna pesadilla rebuscada, es algo bonito. En un sueño uno tiene la ventaja de que nunca sabe lo que le puede pasar. ¿Y eso es bueno? Por supuesto, porque al no saber lo que te deparará el sueño, nunca temes que las cosas salgan mal. Luego hay gente que es capaz de controlar sus propios sueños, aunque yo, personalmente, no conozco a ninguno. Pero alguien que es capaz de controlar su sueño es alguien que de alguna forma hace trampas, porque lo arriesgado de un sueño es que nunca sabes lo que te va a deparar. Obviamente, si queremos tener el sueño perfecto y prolongarlo al máximo, controlarlo nos ayuda a ser más felices. Pero es una felicidad corto a la par que falsa y decepcionante.
Hasta ahora, solo he hablado del sueño como tal y no de las consecuencias que tiene. Quizás lo más trágico de los sueños sea despertar. Hay veces que el sueño nos hace estar en un estado de tanta felicidad que somos incapaces de sentir algo igual en la realidad. Esto provoca al despertar una sensación de frustración inexplicable. Despiertas y te preguntas a ti mismo: ¿Por qué me habré despertado? Esta sensación de frustración se duplica cuando el fin del sueño es debido al sonido del despertador, el teléfono móvil, o cualquier otro ruido que fuerce el despertar.
Esa sensación de impotencia por ser incapaces de retomar el sueño es solo el comienzo de un planteamiento sobre para qué están los sueños. Pues muy fácil, los sueños solo son un regalo que nos hace nuestro cerebro para dejarnos ser felices durante escaso tiempo. Mientras sueñas eres el rey del mundo, nadie te puede ganar y, aunque no seas consciente, dominas la situación. Descubres una sensación de felicidad jamás sentida y cuando despiertas te chocas con ese gran muro de acero que es la realidad. He dicho al empezar que los sueños son falsos y que además crean ilusiones. Aunque siempre me empeñe en lo contrario, el mundo de nunca jamás es una gran farsa y los sueños, lamentablemente, sueños son.
Un sueño, quitando alguna pesadilla rebuscada, es algo bonito. En un sueño uno tiene la ventaja de que nunca sabe lo que le puede pasar. ¿Y eso es bueno? Por supuesto, porque al no saber lo que te deparará el sueño, nunca temes que las cosas salgan mal. Luego hay gente que es capaz de controlar sus propios sueños, aunque yo, personalmente, no conozco a ninguno. Pero alguien que es capaz de controlar su sueño es alguien que de alguna forma hace trampas, porque lo arriesgado de un sueño es que nunca sabes lo que te va a deparar. Obviamente, si queremos tener el sueño perfecto y prolongarlo al máximo, controlarlo nos ayuda a ser más felices. Pero es una felicidad corto a la par que falsa y decepcionante.
Hasta ahora, solo he hablado del sueño como tal y no de las consecuencias que tiene. Quizás lo más trágico de los sueños sea despertar. Hay veces que el sueño nos hace estar en un estado de tanta felicidad que somos incapaces de sentir algo igual en la realidad. Esto provoca al despertar una sensación de frustración inexplicable. Despiertas y te preguntas a ti mismo: ¿Por qué me habré despertado? Esta sensación de frustración se duplica cuando el fin del sueño es debido al sonido del despertador, el teléfono móvil, o cualquier otro ruido que fuerce el despertar.
Esa sensación de impotencia por ser incapaces de retomar el sueño es solo el comienzo de un planteamiento sobre para qué están los sueños. Pues muy fácil, los sueños solo son un regalo que nos hace nuestro cerebro para dejarnos ser felices durante escaso tiempo. Mientras sueñas eres el rey del mundo, nadie te puede ganar y, aunque no seas consciente, dominas la situación. Descubres una sensación de felicidad jamás sentida y cuando despiertas te chocas con ese gran muro de acero que es la realidad. He dicho al empezar que los sueños son falsos y que además crean ilusiones. Aunque siempre me empeñe en lo contrario, el mundo de nunca jamás es una gran farsa y los sueños, lamentablemente, sueños son.
martes, 30 de marzo de 2010
No intentes entenderlo
Una imagen vale más que mil palabras. Siempre se dice eso. En parte es un dicho con mucho sentido porque por muchas palabras mal sonantes o de irritación que uno pueda escribir, se me antoja complicado poder representar la frustración de una persona con letras. Sin embargo, valdría con captar un instante el gesto de su cara para poder descifrar si esa persona está bien o no.
Pero hay momentos en la vida que uno se ve incapaz de interpretar con palabras, letras o imágenes. Es un instante de angustia que suele ser breve. Aunque si breve significa estar toda una noche sin pegar ojo, que venga Dios y lo vea. Pero sí es cierto que es breve, porque si lo comparamos con la cantidad de horas que llevamos durmiendo desde que nacimos, no es breve sino insignificante. Que contradictorio y relativo es todo.
Sería fácil que la explicación a esta inquietud angustiosa fuera el recuerdo, la nostalgia, o la preocupación por algo, pero sería muy vago pensar eso. El recuerdo es simplemente mirar al pasado y encontrarte contigo mismo y la nostalgia es echar algo de menos que a veces hasta carece de importancia. La preocupación ya es más compleja, porque si analizamos la cantidad de preocupaciones absurdas que tiene el ser humano podríamos tirarnos sin dormir días enteros. Por tanto, me veo incapaz de explicar ese sentimiento que muchas veces nos invade y que nos tortura sin parar. Si por mí fuera, lo cogería y lo aplastaría, pero bien es cierto que uno no puede enfrentarse al vacío. Justamente es eso, vacío. Estoy seguro de que está lejos de historias existenciales y de inquietudes personales. Es simplemente un nihilismo personal que se escapa de cualquier tipo de lógica.
Generalmente nos encontramos bien. No seamos negativos por el simple hecho de serlo. El hombre, quitando casos de extremada amargura por situaciones que están justificadas, suele encontrarse bien con el mundo y con él mismo. Alguna que otra vez, puesto que no todos los días van a ser fiesta, se encuentra mal, pero repito, su mal estar está motivado por algo. Pero cuando uno no sabe si está bien o está mal, entonces el problema se agranda. Muchos que tienen este vació del que les hablo, se creen que pueden solucionarlo o encontrarle una explicación cambiando de aires. Muy bien, cambiemos de sitio, pero estoy convencido de que la respuesta al vació no está en convertirse en un nómada terrenal porque al final se cae en el vicio de convertirse en un trotamundos aventurero sentimental que no sabe a donde va. Antes de cerrar tu casa, mira bien dentro de ella no vaya a ser que lo que busques esté ahí.
Pero hay momentos en la vida que uno se ve incapaz de interpretar con palabras, letras o imágenes. Es un instante de angustia que suele ser breve. Aunque si breve significa estar toda una noche sin pegar ojo, que venga Dios y lo vea. Pero sí es cierto que es breve, porque si lo comparamos con la cantidad de horas que llevamos durmiendo desde que nacimos, no es breve sino insignificante. Que contradictorio y relativo es todo.
Sería fácil que la explicación a esta inquietud angustiosa fuera el recuerdo, la nostalgia, o la preocupación por algo, pero sería muy vago pensar eso. El recuerdo es simplemente mirar al pasado y encontrarte contigo mismo y la nostalgia es echar algo de menos que a veces hasta carece de importancia. La preocupación ya es más compleja, porque si analizamos la cantidad de preocupaciones absurdas que tiene el ser humano podríamos tirarnos sin dormir días enteros. Por tanto, me veo incapaz de explicar ese sentimiento que muchas veces nos invade y que nos tortura sin parar. Si por mí fuera, lo cogería y lo aplastaría, pero bien es cierto que uno no puede enfrentarse al vacío. Justamente es eso, vacío. Estoy seguro de que está lejos de historias existenciales y de inquietudes personales. Es simplemente un nihilismo personal que se escapa de cualquier tipo de lógica.
Generalmente nos encontramos bien. No seamos negativos por el simple hecho de serlo. El hombre, quitando casos de extremada amargura por situaciones que están justificadas, suele encontrarse bien con el mundo y con él mismo. Alguna que otra vez, puesto que no todos los días van a ser fiesta, se encuentra mal, pero repito, su mal estar está motivado por algo. Pero cuando uno no sabe si está bien o está mal, entonces el problema se agranda. Muchos que tienen este vació del que les hablo, se creen que pueden solucionarlo o encontrarle una explicación cambiando de aires. Muy bien, cambiemos de sitio, pero estoy convencido de que la respuesta al vació no está en convertirse en un nómada terrenal porque al final se cae en el vicio de convertirse en un trotamundos aventurero sentimental que no sabe a donde va. Antes de cerrar tu casa, mira bien dentro de ella no vaya a ser que lo que busques esté ahí.
sábado, 27 de marzo de 2010
Adictos a la dependencia
“Nunca dudes de las cosas que pasan en la oscuridad, que hasta tu sombra te abandona”. Esta frase es de Iosu Expósito, guitarrista del grupo vasco de punk, Eskorbuto. Iosu, al igual que muchos a los que la historia no tiene en su recuerdo, murió a causa de la heroína en 1992. Aunque ha llovido bastante desde entonces y por mucho que vivamos en una eterna quejumbre de que todo está mal, yo me siento orgulloso de que la sociedad actual tenga miedo de jugar a los médicos suicidas.
Volviendo a la frase de Iosu, puede parecer un poco esperpéntico que un adicto a la heroína como él, que nunca salió de Santurce y que siempre pecó de antisistema agresivo, dijera algo tan sabio. No recuerdo como era la sociedad cuando Iosu pronunció esas palabras ya que yo era muy pequeño o seguramente ni habría nacido, pero puedo intuir que no muy distinta a la de ahora. Está claro que según pasa el tiempo nos vamos haciendo más dependientes de nuestro entorno. Somos incapaces de dar un solo paso sin pensar qué pensaran los demás de nosotros. Por muchos esfuerzos que hago aun no he conseguido encontrar a una sola persona que haga las cosas por el simple hecho de que quiere hacerlas y no le importa lo que pienses de él o lo que pueda acarrear su decisión. No se si es por inmadurez social o por simple miedo a la soledad, pero cada vez dependemos más del otro.
Esta dependencia lo que está creando es cada vez más núcleos de personas que necesitan los unos de los otros para poder vivir. No digo que esté mal, porque quién no pregunta continuamente a sus amigos ¿qué hacemos hoy?, ¿cuál es el plan? o los más escuetos ¿hoy qué? El problema está cuando es tal la dependencia de tu gente que eres incapaz de ser tu mismo. Entonces esto lleva a un problema mayor, ya que la dependencia se convierte en vicio, y todos sabemos que los vicios no son buenos. Además, por si fuera poco, esto puede desencadenar en un problema mayor que es la depresión, ya que al depender tanto de un grupo de personas, si estas te fallan entonces tu única salida es recluirte en ti mismo. Pero claro, al ser alguien tan dependiente de los demás, a la hora de crear tu propia independencia emocional te ves ahogado en un vaso de agua.
Iosu Expósito era adicto a la heroína, a montar jaleo y a tocar la guitarra de una forma soez pero brillante (y seguramente a otras muchas cosas que se me escapan), pero no era adicto a depender del otro para poder hacer las cosas. Da igual que le llamen a uno parásito social, porque es preferible ser eso a ser un adicto a la peor droga que hay: la esterilidad personal.
Volviendo a la frase de Iosu, puede parecer un poco esperpéntico que un adicto a la heroína como él, que nunca salió de Santurce y que siempre pecó de antisistema agresivo, dijera algo tan sabio. No recuerdo como era la sociedad cuando Iosu pronunció esas palabras ya que yo era muy pequeño o seguramente ni habría nacido, pero puedo intuir que no muy distinta a la de ahora. Está claro que según pasa el tiempo nos vamos haciendo más dependientes de nuestro entorno. Somos incapaces de dar un solo paso sin pensar qué pensaran los demás de nosotros. Por muchos esfuerzos que hago aun no he conseguido encontrar a una sola persona que haga las cosas por el simple hecho de que quiere hacerlas y no le importa lo que pienses de él o lo que pueda acarrear su decisión. No se si es por inmadurez social o por simple miedo a la soledad, pero cada vez dependemos más del otro.
Esta dependencia lo que está creando es cada vez más núcleos de personas que necesitan los unos de los otros para poder vivir. No digo que esté mal, porque quién no pregunta continuamente a sus amigos ¿qué hacemos hoy?, ¿cuál es el plan? o los más escuetos ¿hoy qué? El problema está cuando es tal la dependencia de tu gente que eres incapaz de ser tu mismo. Entonces esto lleva a un problema mayor, ya que la dependencia se convierte en vicio, y todos sabemos que los vicios no son buenos. Además, por si fuera poco, esto puede desencadenar en un problema mayor que es la depresión, ya que al depender tanto de un grupo de personas, si estas te fallan entonces tu única salida es recluirte en ti mismo. Pero claro, al ser alguien tan dependiente de los demás, a la hora de crear tu propia independencia emocional te ves ahogado en un vaso de agua.
Iosu Expósito era adicto a la heroína, a montar jaleo y a tocar la guitarra de una forma soez pero brillante (y seguramente a otras muchas cosas que se me escapan), pero no era adicto a depender del otro para poder hacer las cosas. Da igual que le llamen a uno parásito social, porque es preferible ser eso a ser un adicto a la peor droga que hay: la esterilidad personal.
jueves, 18 de marzo de 2010
Preso por la libertad
El día a día de las personas puede resultar en muchos aspectos simple y en el peor de los casos rutinario. Pongamos por caso: uno se levanta, desayuna (en mi caso eso nunca ocurre), se asea y se va a hacer lo que tenga que hacer. Pasa un día mas o menos normal, y cuando termina vuelve a su casa para concluir el día. Ha sido un día más. Ni bien ni mal, simplemente un día como otro cualquiera.
Pues bien, detrás de toda esa obra teatral repetitiva uno cree que lo tiene todo bajo control, pero en realidad se nos escapan muchos detalles que, a mi juicio, no deberían pasar desapercibidos. Creemos ser libres. Sí, en efecto somos libres. Nadie nos tiene atados con cadenas ni prisioneros entre cuatro paredes. En la medida de lo que cabe hacemos lo que queremos. Pero ¿hasta qué punto somos libres? Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que la libertad es un invento social. Es como un chupete para los niños que cuando se lo das se callan y cuando se lo quitan es muy probable que vuelvan a llorar. Que nos ponemos un poco “rebeldes”, nos inyectan en vena una pequeña dosis de libertad para que estemos tranquilos. Si nos excedemos, ya sabemos que habrá unas consecuencias y por tanto nos quitaran esa libertad que tanto deseamos.
Y luego todos esos estudiosos político sociales dirán la famosa frase de “no hay que confundir libertad con libertinaje”. Eso es un engaño. Se es libre o no. Pero poner limites a la libertad es algo ilógico. Esto es como lo de la incoherencia que pide mucha gente de implantar una cadena perpetua pero revisable. Pero ¿esa gente se ha planteado alguna vez la salvajada que están diciendo? A alguien que se le condena de por vida se le condena para que no salga nunca de la cárcel, sino ¿para que se le condena de por vida si va a tener la opción de salir? Ya está bien de cinismo y de demagogia barata.
Dicen que la libertad se aprecia mucho más cuando uno no la tiene. Pues bien, no se que es peor, si no tenerla y echarla en falta o tenerla a medias. Estamos llegando a un punto en que la vida es como un campo. Uno cree no tener fronteras ni barreras y que lo único que le frena es la lluvia o el viento desmesurado. Pues lamentablemente, aunque no las veamos, en el campo también hay puertas.
Pues bien, detrás de toda esa obra teatral repetitiva uno cree que lo tiene todo bajo control, pero en realidad se nos escapan muchos detalles que, a mi juicio, no deberían pasar desapercibidos. Creemos ser libres. Sí, en efecto somos libres. Nadie nos tiene atados con cadenas ni prisioneros entre cuatro paredes. En la medida de lo que cabe hacemos lo que queremos. Pero ¿hasta qué punto somos libres? Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que la libertad es un invento social. Es como un chupete para los niños que cuando se lo das se callan y cuando se lo quitan es muy probable que vuelvan a llorar. Que nos ponemos un poco “rebeldes”, nos inyectan en vena una pequeña dosis de libertad para que estemos tranquilos. Si nos excedemos, ya sabemos que habrá unas consecuencias y por tanto nos quitaran esa libertad que tanto deseamos.
Y luego todos esos estudiosos político sociales dirán la famosa frase de “no hay que confundir libertad con libertinaje”. Eso es un engaño. Se es libre o no. Pero poner limites a la libertad es algo ilógico. Esto es como lo de la incoherencia que pide mucha gente de implantar una cadena perpetua pero revisable. Pero ¿esa gente se ha planteado alguna vez la salvajada que están diciendo? A alguien que se le condena de por vida se le condena para que no salga nunca de la cárcel, sino ¿para que se le condena de por vida si va a tener la opción de salir? Ya está bien de cinismo y de demagogia barata.
Dicen que la libertad se aprecia mucho más cuando uno no la tiene. Pues bien, no se que es peor, si no tenerla y echarla en falta o tenerla a medias. Estamos llegando a un punto en que la vida es como un campo. Uno cree no tener fronteras ni barreras y que lo único que le frena es la lluvia o el viento desmesurado. Pues lamentablemente, aunque no las veamos, en el campo también hay puertas.
sábado, 6 de marzo de 2010
Iluso sin ilusión
A veces nos cuesta mucho distinguir entre ilusión e imaginación. Desde mi punto de vista, la ilusión son los sueños que más deseamos y que daríamos lo que fuese por que se cumplieran. Teniendo ilusión es muy fácil saber qué es la imaginación, ya que con solo profundizar un poco en nuestros sueños ya conseguimos imaginar.
Muchas veces creemos estar ilusionados con algo cuando en realidad lo único que estamos es encerrados en nosotros mismos. Tener ilusión no significa estar obsesionado con algo. El problema de todo esto es que al estar tan sumamente concentrado en eso que tanto nos gusta o nos atrae y tener tantas expectativas en ello, nos evadimos del mundo y creamos nuestra propia ficción. Es por esto que el ser humano se lleva tantas decepciones. En el fondo, las decepciones no son mas que un retorno al planeta tierra. Durante el tiempo que nuestra propia realidad nos lo permita, vivimos en un mundo de flores donde el cielo es de colores y nada nos saca de él. Todo esto dura hasta que uno deduce, por lo que sea, que está siendo fruto de una gran broma por parte de su imaginación.
Hay cosas en la vida que son universales y negarlas sería cosa de locos. Al igual que detrás de toda relación sexual (con un mínimo de sentimiento de por medio) se esconde un nerviosismo absurdo, detrás de toda ilusión se esconde una gran decepción. El ser humano se ilusiona y después, cuando ve que dicha ilusión no se ve recompensada, elucubra al máximo con tal de no reconocer que sus sueños han fracasado. Pero si algo bueno tienen los sueños es que no son limitados.
Tener ilusión en algo nos hace estar más vivos. Es como ese niño que espera ansioso la llegada de los reyes magos.
Cuando mis ilusiones se vienen abajo me digo siempre la misma frase: “bueno, después de todo, no se está tan mal en el planeta tierra”. Aunque también planteo, ¿no sería mejor vivir siempre felices en una eterna ilusión? Quién sabe.
Muchas veces creemos estar ilusionados con algo cuando en realidad lo único que estamos es encerrados en nosotros mismos. Tener ilusión no significa estar obsesionado con algo. El problema de todo esto es que al estar tan sumamente concentrado en eso que tanto nos gusta o nos atrae y tener tantas expectativas en ello, nos evadimos del mundo y creamos nuestra propia ficción. Es por esto que el ser humano se lleva tantas decepciones. En el fondo, las decepciones no son mas que un retorno al planeta tierra. Durante el tiempo que nuestra propia realidad nos lo permita, vivimos en un mundo de flores donde el cielo es de colores y nada nos saca de él. Todo esto dura hasta que uno deduce, por lo que sea, que está siendo fruto de una gran broma por parte de su imaginación.
Hay cosas en la vida que son universales y negarlas sería cosa de locos. Al igual que detrás de toda relación sexual (con un mínimo de sentimiento de por medio) se esconde un nerviosismo absurdo, detrás de toda ilusión se esconde una gran decepción. El ser humano se ilusiona y después, cuando ve que dicha ilusión no se ve recompensada, elucubra al máximo con tal de no reconocer que sus sueños han fracasado. Pero si algo bueno tienen los sueños es que no son limitados.
Tener ilusión en algo nos hace estar más vivos. Es como ese niño que espera ansioso la llegada de los reyes magos.
Cuando mis ilusiones se vienen abajo me digo siempre la misma frase: “bueno, después de todo, no se está tan mal en el planeta tierra”. Aunque también planteo, ¿no sería mejor vivir siempre felices en una eterna ilusión? Quién sabe.
jueves, 25 de febrero de 2010
Proxenetas de la dignidad
Cuando hablamos de prostitutas y gigolos, rápidamente se nos viene a la cabeza la imagen de mujeres y hombres que sacan dinero a base de mantener relaciones sexuales con desconocidos. Con el paso del tiempo los clientes pueden convertirse en habituales conocidos y llegando incluso a ser hasta amigos de a quienes están pagando.
Mucha gente piensa que los prostíbulos son lugares degradantes y que no deberían existir. Otros creen que el prostíbulo es el lugar mas digno que hay cuando no se está trabajando, y otros que simplemente es un lugar esporádico de visita cuando no se tiene nada mejor que hacer. Todas las opiniones son respetables, pero el verdadero problema no se encuentra en si está bien o no consumir en el negocio de la prostitución. Aunque yo no pague por los servicios de una prostituta, no soy nadie para criticar a aquellos que sí lo hacen ni soy más digno que ellos.
Lo verdaderamente preocupante del asunto es que el mundo se ha convertido en un prostíbulo. Que existan prostíbulos me parece bien, pero que todos formemos inconscientemente parte de uno me parece, como poco, curioso. Nos hemos convertido sin darnos cuenta en proxenetas de la dignidad. Hemos llegado a un punto en que vendemos tan barata nuestra dignidad que prácticamente la regalamos. Ya no solo traficamos con cuerpos sino que también lo hacemos con sentimientos y principios. Al presentador de la tele que es tan simpático y que nos cae tan bien a todos le da exactamente lo mismo cuantas almas venda al día. Le es indiferente contar a todo el país que cierta chica (famosa, por supuesto, ya que aquí solo vales si sales en la tele) está saliendo con cierto chico (si es famoso, mejor) y después especular sobre el por qué de su relación con el fin de seguir captando audiencia. Al político de turno le importa mas bien poco ayudar a su país. Se dedica a prometer para luego no cumplir nada de lo prometido. Como le han votado, ese político ha conseguido que millones de ciudadanos se conviertan en prostitutas de la dignidad y, a consecuencia, él en un proxeneta más.
Y si alguien, sorprendentemente, ya sabía todo esto, le diré también que el problema no termina ahí, sino que lo peor de todo es que hay cadáveres de por medio. Cadáveres vivientes. Mucha mas gente está muerta en vida. Suena catastrofista pero es así. Creemos tener dignidad, y antes de plantearnos si la tenemos o no, ya la hemos perdido. Por eso, prefiero seguir siendo un indigno social a que la sociedad me quite mi dignidad.
Mucha gente piensa que los prostíbulos son lugares degradantes y que no deberían existir. Otros creen que el prostíbulo es el lugar mas digno que hay cuando no se está trabajando, y otros que simplemente es un lugar esporádico de visita cuando no se tiene nada mejor que hacer. Todas las opiniones son respetables, pero el verdadero problema no se encuentra en si está bien o no consumir en el negocio de la prostitución. Aunque yo no pague por los servicios de una prostituta, no soy nadie para criticar a aquellos que sí lo hacen ni soy más digno que ellos.
Lo verdaderamente preocupante del asunto es que el mundo se ha convertido en un prostíbulo. Que existan prostíbulos me parece bien, pero que todos formemos inconscientemente parte de uno me parece, como poco, curioso. Nos hemos convertido sin darnos cuenta en proxenetas de la dignidad. Hemos llegado a un punto en que vendemos tan barata nuestra dignidad que prácticamente la regalamos. Ya no solo traficamos con cuerpos sino que también lo hacemos con sentimientos y principios. Al presentador de la tele que es tan simpático y que nos cae tan bien a todos le da exactamente lo mismo cuantas almas venda al día. Le es indiferente contar a todo el país que cierta chica (famosa, por supuesto, ya que aquí solo vales si sales en la tele) está saliendo con cierto chico (si es famoso, mejor) y después especular sobre el por qué de su relación con el fin de seguir captando audiencia. Al político de turno le importa mas bien poco ayudar a su país. Se dedica a prometer para luego no cumplir nada de lo prometido. Como le han votado, ese político ha conseguido que millones de ciudadanos se conviertan en prostitutas de la dignidad y, a consecuencia, él en un proxeneta más.
Y si alguien, sorprendentemente, ya sabía todo esto, le diré también que el problema no termina ahí, sino que lo peor de todo es que hay cadáveres de por medio. Cadáveres vivientes. Mucha mas gente está muerta en vida. Suena catastrofista pero es así. Creemos tener dignidad, y antes de plantearnos si la tenemos o no, ya la hemos perdido. Por eso, prefiero seguir siendo un indigno social a que la sociedad me quite mi dignidad.
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