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lunes, 28 de julio de 2014

Lo que pudo ser (y no fue porque un chino la cagó)

- ¿Pero no te das cuenta? ¡Están matando niños! Es un conflicto que lleva toda la vida y se están cargando el mundo.

- Mira, si Estados Unidos se ha puesto de lado de Israel desde el principio por algo será. Sí, por el petróleo, el dinero, porque el mundo está controlado por judíos y la mayoría están en América, blábláblá… por lo que sea, pero me fio más de un país que lleva siglos de democracia a…

- ¡Pero y qué tiene que ver eso con lo que están haciendo con los palestinos! Tú dirás lo que quieras, pero es la venganza de los judíos. Hitler los masacró y ahora se están tomando la revancha con el mundo entero. Dominan las armas, el dinero… ¡todo! Tú sigue de lado de los yanquis…

- Claro, es mejor ir con la palestina atada al cuello, en plan progre y sin saber a quién coño defiendes realmente. Como gane Palestina ya verás…

En el fondo me da pena. Israel es el típico chaval que vive en su nube. Israel… vaya nombre, no me jodas. Llamarse igual que un país que está masacrando miles de palestinos sin ningún motivo. Y lo peor es que el muy gilipollas se alegra. “Se lo merecen por moros, se lo merecen por moros, se lo merecen por moros…”. Todas las veces que surge la conversación del conflicto palestino salta con lo mismo. ¡Valiente subnormal! Siempre acabamos discutiendo y le entran ataques de risa. Le debe poner cachondo verme mosqueado. No se reiría tanto si supiese que me estoy tirando a su novia. En realidad nunca la he tocado un pelo, aunque ganas no me faltan. Sobre todo cuando aparece por el videoclub de mi viejo pidiendo guerra. Todos los martes y jueves por la tarde me toca pringar porque mi padre tiene clases de inglés. Más de una vez me he preguntado para qué coño quiere aprender inglés con casi 60 años. En fin, el verá. El caso es que siempre que estoy currando allí casualmente aparece ella a primera hora de la tarde. “Qué pasa Pintxo, ponte un pincho ¿no?”, me suelta cada vez que se pasa por el videoclub. Se ríe porque dice que parezco un camarero amargado y aburrido sin clientes. Y encima hace el jueguecito de palabras con mi nombre. Yo sí que te ponía un buen pincho, me dan ganas de decirla. Pero paso porque es la novia de Israel, mi colega de toda la vida. Aunque no me extrañaría nada que hasta el panadero del barrio, un pobre viejo con Parkinson que tarda media hora en darte una barra de pan, se la haya tirado. Cumple los tres requisitos de una zorra de manual: vestir como una zorra, comportarse como una zorra y follar como una zorra. O al menos eso dice Israel respecto a lo último. Es un poco bolas, ya he dicho que vive en su nube, pero en eso creo que no miente.
“Te aburres, eh Clau”, es lo que siempre contesto cada vez que llega al videoclub con sus coñitas. Otra cosa igual, no sé por qué todo el mundo la llama Clau si no se llama Claudia. Mil veces he visto su DNI cada vez que nos metemos coca o cuando me enseña su foto con ojeras y pone claramente MARÍA DEL MAR ESPINOSA ARIZALETA. Así que ya me dirás tú de dónde se lo ha sacado. Lo único que tiene coherencia de ella es su segundo apellido. Su madre es vasca de pura raza, más bruta que un arado y con bastante mala leche. Pero buena gente, eso sí. Ya tiene que serlo para no habérsela cargado con alguno de sus amigos etarras.

- ¡Hello, Pintxo! Lets go to dinner. ¡Hello Israel! ¿How are you? Habéis visto cómo me domino ya en inglés, eh chavales. Vamos a cerrar esto por hoy ya que aquí no va a venir nadie más. A ver qué ha hecho tu madre de cena hoy.

El padre de Pinxto, menudo personaje. Nos da unas tabarras cada vez que llega de clases de inglés. Llevará algo más de tres meses y no pasa del “hello” y cuatro cosas más. Para mi tiene una pluma impresionante, pero es un tema tabú para Pinxto. Con todo lo progre que se cree no aguanta la idea de que su viejo pueda ser maricón. Siempre suelo visitar a Pinxto antes de que cierre el videoclub. Cuando su padre decide subirse directamente a casa nos vamos a tomar una cerveza por ahí para que el chaval de desahogue del curro. No es que esté picando en una mina, pero debe ser un coñazo estar de cuatro de la tarde a nueve de la noche esperando a que entre algún cliente. La última peli que alquilé fue Acción Mutante, una rara española que va de unos terroristas medio subnormales que secuestran a la hija de un ricachón. No me mola mucho el cine español, pero me siento mejor si contribuyo a que el negocio de mi colega no se vaya a pique. Me da a mí que mucho no va a tardar en quebrar, aunque creo que no sucederá hasta que inventen un sitio en donde poder conseguir esas pelis gratis. Aunque mucho peor sería si inventasen algo que hiciese que el padre de Pintxo le pudiese localizar al instante cada vez que cierra el videoclub y no saben de él hasta el día siguiente. Algo así como los teléfonos que hay en las casas pero que pudiésemos llevarlos encima. En fin, paranoias mías. Pensándolo bien, Pinxto no está tan jodido. Mi chica tiene que tragarse todas las tardes sermones interminables sobre derecho romano, civil y su puta madre. Casi nunca nos podemos vernos  entre semana porque ella tiene turno de tarde en la universidad, igual que yo, pero por las mañanas está en casa de una anciana cuidándola. Y encima, al contrario que yo, jamás hace pellas. Siempre me dice “Isra, no me pases a buscar porque según salga de la uni me voy a casa que tengo mucho que estudiar”. Así que me quedo todas las tardes jugando al mus en la cafetería de la facultad hasta que me canso y me piro. Al menos Clau se está labrando un futuro, pero yo no sé muy bien hasta dónde me va a llevar esto de estudiar filosofía. Bueno, sí lo sé. A morirme de hambre y con suerte encontrar algún colegio para dar clase a niñatos que pasan de todo. Claro que a mí no me vengan con tonterías de permitirles todo. Al primero que se haga el listo le hecho de clase y le cateo la asignatura. Cada vez me arrepiento más de haberme metido en esta facultad de porretas. Todo el día escuchando a sabios que apoyan al Partido Comunista, al PSOE y a toda esta banda que no sé muy bien a dónde nos están llevando. A Pintxo le gustan mucho, pero eso es porque no ha pisado una universidad en la vida. Aunque mejor. Por mucho que se queje tiene un negocio familiar en el que curra dos veces a la semana cada vez que el viejo se va a que le pongan el culo fino por ahí. Le da para pagar sus copas, sus pastis y sus historias. En el fondo le envidio.

- ¡Manolito! ¿Hoy no se curra o qué?

- ¡Mírale, pero si es el palestino! Menudo corte de pelo te has hecho. Tú sigue así, que te va a dejar la novia.

Me llama palestino porque sabe que soy todo lo contrario y así me toca un poco la moral. Además, como me llamo Israel pues hace la gracia y se siente original. De todos modos nunca he tenido un problema con él. Si esa tarde que me le encontré en el metro alguien me dice que iba a cambiarme la vida nunca lo hubiese creído. Manolito era el tío más solitario y más friki que había conocido en mi vida. Tenía 31 años, bueno, tiene, si es que aún sigue vivo. Pero era listo. Es listo. Le conocí cuando me metí a judo, ya hace tiempo. Tendría yo dieciséis años. Lo primero que me pregunté cuando le vi es ¿qué coño hace un tipo que nos saca diez años a todos apuntado en actividades extraescolares de un instituto de Usera? De hecho, ni siquiera vivía en Usera como el año pasado comprobé. Me le encontré al salir de la uni, igual que el otro día, y me invitó a ir a su casa a tomar una caña. Me pareció raro, pero como es buen chaval fui. Su piso estaba en pleno centro, así que muy mal no se lo monta el Manolito. Después me enteré que curraba en un laboratorio, así que ya me cuadró más que pudiese pagárselo. Debe ser el único químico que tiene trabajo en este puto país. El caso es que me dijo que estaba trabajando en algo muy gordo. Algo que le sacaría de pobre a él, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Como de costumbre, no le hice ni caso. Pero un año después, ahí estábamos los dos en la línea 6 de metro. Llena de gente y a cual más maloliente.

- ¿Qué tal vas con la carrera? ¿Ya habéis avanzado de Platón? Recuerdo que el año pasado estabas asqueado y que no aprendías nada.

- Y sigo asqueado. Si te digo que aprendía más en el instituto que aquí… Pero bueno, pedían un 5 para entrar. ¿Y tú en qué andas?

- Millonario.

- ¿Millonario?

-Sí, millonario.

- ¿Te has hecho millonario? ¿Te ha tocado la lotería?

- ¡Qué va! ¿Te acuerdas en lo que estaba trabajado el año pasado? Pues ya anda en marcha.

Si hubiese sustituido el polvo que le eché a Clau por escuchar con atención a Manolito aquella tarde ahora mismo no estaríamos así. Pero esta vez no caí en el mismo error y le escuché absolutamente todo. Y créeme que es bastante fatigante escuchar a Manolito con la forma tan rara que tiene de hablar. En vez de usar palabras que usamos todos se dedica a emplear otras. En vez de pasta o dinero, dice gallina. En vez de policía, pasma o incluso picoletos dice la bofffffffia (tiene un problema para controlar las babas). Y así un sin fin de manías.  El caso es que de camino al barrio me fui directamente a casa de Pintxo para contarle el pelotazo que íbamos a dar con Manolito. Les pillé cenando. Ahora que lo pienso, la hermana de Pintxo cada vez está más gorda. Debería cuidarse o cuando llegue a la universidad le prohibirán la entrada a la cafetería. También me percaté de que el padre, casualmente, no estaba. Pobrecilla su mujer, tiene una cara de sufridora y de darse poquitas alegrías al cuerpo que me da mucha lástima. Me ofreció cenar pero pasé. Nos dimos una vuelta por el barrio y se lo conté todo. Al día siguiente ya estábamos en casa de Manolito para organizarlo.

- ¡Joder Manolito! Como te pille la policía con todo esto vas al trullo fijo.

- Imposible. Ya han entrado más de una vez y me han tenido que pedir incluso perdón.

- ¿Cuántas pastillas hay aquí?

- Más de cinco mil. Y no he vendido ni la mitad todavía.

- ¡Este tío está loco perdido, Isra! Con más de cinco mil pastillas ya estaba encerrado.

- Pintxo te llamas, ¿no? Deberías tratar con un poco más de respeto a alguien que es el número uno de su promoción en Química, que tiene un máster en Nanofísica y Materiales Avanzados y es Doctor en la universidad.

- ¿Y a mí qué me cuentas?

Le dije a Manolito que nos disculpase un segundo y tuve unas palabras con Pintxo en la cocina. Para alguien que no ha podido ir a la universidad debe ser duro que un químico loco, porque eso es lo que es Manolito, le dejase por los suelos de esa forma. Logré que se calmara y volvimos al asunto. Vimos a Manolito peleándose con un cajón y su llave que no abría. Nos miramos con cara de “qué coño hace este tío”.

- Mirad. Aquí hay más de medio millón de pelas.

- ¿Lo has sacado de las pastillas?

- Por supuesto. No creerás que todo esto lo gano en el laboratorio y dando clases a alumnos de primero de Química, ¿verdad?

- Las pastillas deben pegar que no veas. ¿Qué hacen?

- Nada.

- ¿Nada?

- Nada. Hasta un lacasito, las lentejas esas de chocolate de colorines que han sacado hace poco, colocan más que esto.

- Nos estás vacilando…

- Palestino, he visto un montón de tías que parecen estar en la borrachera de su vida y lo único que toman es malibú con piña.

- También dependerá de la cantidad de malibú que se echen, digo yo.

- Zumito, Palestino. Zumito es lo que beben. Y parece que están al borde del coma etílico.

- No estoy entendiendo nada. Y Creo que Pintxo está igual que yo. Te agradeceríamos que nos explicases dónde está el truco.

- En la mente, señores. La psicología de la gente. Si bebes pensando que te vas a emborrachar al final lo acabas consiguiendo. Con las pastillas pasa exactamente lo mismo. ¿Por qué os creéis que el mercado del LSD va tan bien? Porque se creen que están tomando lo mismo que en Woodstock en el año 1969.

- Y es mentira.

- Tu amigo lo va entendiendo. Esto es el negocio del siglo, palentino. Yo fabrico y vosotros vendéis. Con que vendamos las dos mil pastillas que tengo aquí nos hacemos de oro. Y encima no hay riesgo de que nos pase nada porque, a ojos de la policía, solo soy un loco que tiene cinco mil pastillas de azúcar en su casa.

Ojalá ese tío no hubiese tenido una idea tan brillante. Ahora estaría en el dentista arreglándose los dientes del guantazo que le hubiese soplado. No te vayas a pensar que soy violento. Jamás me he pegado con nadie, pero me sacaba de quicio. Sin embargo, lo vimos claro para forrarnos. Israel para dejar la universidad y vivir la vida, el estúpido de Manolito para ganarse un pequeño sobresueldo y yo para dejar el videoclub y poder vivir sin tener cara de camarero amargado como decía la guarra de Clau. Si queríamos vender todas las pastillas en una noche no quedaba otra que irnos a donde van todos los pastilleros de Madrid. El Estrago era nuestro sitio. Entrar ahí no iba a ser fácil, de hecho si no llega a ser por el Serbio todavía estábamos haciendo cola de la gente que hay por allí. Cuando antes he dicho que no me he pegado en mi vida con nadie reconozco que he mentido. El Serbio fue el primero que me metió una buena tunda al salir del Estrago una noche. Confieso que me encantan las pastillas y por eso la idea de hacerme millonario vendiéndolas es por lo que me metí en todo este embrollo. Hace no mucho salí a tomar el aire porque me estaba agobiando en esa discoteca. Cuando iba a entrar de nuevo el Serbio me dijo que dónde iba sin pagar. Le dije que ya había pagado mi entrada, que no me jodiese. Me pidió la entrada y yo no la tenía. No me había colado, nunca me cuelo en ningún sitio, sino que la habría perdido o la habría tirado. ¡Yo qué sé! El caso es que me encaré con él y me llevó a un callejón bastante oscuro y deshabitado. Me pegó tal paliza que no volví a pasar por allí. Hasta que me enteré que Silvia, una de mis mejores amigas del instituto, estaba saliendo con ese salvaje. Me pidió disculpas e incluso me dejó pasar sin pagar. Amigos para siempre. Y dirás ¿qué pinta el Serbio en todo esto? Simplemente nos dejó pasar a cambio de entrar en el negocio. El Estrago tenía obligación de cachear a todo el mundo antes de entrar en la discoteca. Algo parecido a los aeropuertos, sólo que aquí hacían la vista gorda. Pero una cosa es entrar con pastillas para consumo propio y otra muy distinta que te pillen mil pirulas en los bolsillos. Por muy colega que ya fuese del Serbio, tuve que explicárselo todo. El muy cabrón nos dejó pasar a cambio de sacar tajada. Nos amenazó con matarnos si no cumplíamos el trato, algo que obviamente no ha sucedido hasta entonces. Al entrar, y muy bien sin saber por qué, todos nos veían cara de camellos. Nos pedían pastillas. Nada de cocaína, ni heroína, ni LSD. Simplemente pastillas. Seguramente Manolito se puso a hacer labores de propaganda como un histérico antes de empezar con la venta. No lo sé, pero era la primera vez que tantas personas querían una misma cosa de mí. Empezamos vendiéndolas a un talego cada una, pero después de llevar tres horas dando vueltas entre copa y copa haciendo negocio ya las estábamos vendiendo a tres talegos. Era sorprendente lo receptiva que estaba la gente con nosotros. Incluso dos gogos nos compraron justificando que tenían que bailar toda la noche. Pero la cosa se fue torciendo, hasta el punto de vérnoslas con tres cabezones de gimnasio que nos empezaron a pedir explicaciones

- Están a tres talegos. Si quieres bien y sino ya sabes.

- Este es nuestro sitio. Aquí solo pasamos nosotros.

Esos tíos iban muy en serio. Se les salían las mandíbulas de sus caras y temí que me quitasen toda la pasta que tenía encima. Pensé que no salía del baño, pero una vez más el Serbio me salvó el culo. “Aire”, dijo señalándoles la puerta del baño. Ahora quería toda la pasta que llevara encima. Le dije que ningún problema, que al acabar la noche haríamos cuentas. Después de todo, me había salvado la vida. Lógicamente no me creyó y me obligó darle el dinero en el momento. Se me pasó toda mi vida por delante. En décimas de segundo tenía que decidir si dárselo todo a ese hijo de puta o ingeniármelas para largarme. Claro que si me iba más me valía salir por patas del Estrago. No sé si fue por la adrenalina del momento, los cuatro cubatas que llevaba encima o la raya de coca que me había invitado un chaval de la discoteca, pero antes de que el Serbio pudiese quitármelo todo le había dado una patada en los huevos que me permitió correr como no lo he hecho en mi vida. Me importó una mierda que se me cayesen muchísimas pastillas por el camino. Tenía que encontrar a Isra y salir de ahí. “¡Estás muerto!” escuché que me gritaba el Serbio a lo lejos. Me perdí entre la multitud.

- ¿Te QuEdaN mÁs PaStiSsS tío? ¡ESTO ES UNA LOCURA! MeNudO peDO LLeVamOs.

- No, no. Ya no quedan más. Otro día chavales.

-¡Túúúú! ¡TE LA CHUPO SI ME DAS OTRA DE ESAS!

- Ese de ahí tiene, ¡corre!

-  ¿Quieeen? ¡NO ME TIMEEEES TRONCOoOoO!

- ¡Quita coño! ¡No me agarres que te he dicho que ya no tengo!

- ¡QUE TE JODAN MARICÓÓÓN!

Mira, que el Pintxo no cuente bobadas. Si el plan no funcionó fue porque tuvimos la penosa idea de meter a una tía en el asunto. Acabábamos de entrar a la disco y había un ambiente de la ostia. Entonces nos dividimos para vender más rápido. Yo vendía en la planta de abajo y Pintxo en la de arriba. Entonces, como en todo sitio enorme de pastilleros, las camareras saben lo que se cuece. Incluso ellas mismas se meten. Ese sitio tiene un montón de camareros porque estamos hablando de un aforo que se me va de las manos para decirte cuanta gente entra. Así que decidimos invitar a una camarera que, aparte de estar buena que te cagas, nos habló de la zona vip. Allí estaban todos los ricos de la zona. En la zona vip nadie bebía en vasos de plástico ni de tubo. Allí todo eran copas de balón, el típico gordo con cinco tías buenísimas a su alrededor y los niños de papá haciendo el idiota. Yo no soy ningún tirado. He podido estudiar, vivo en un piso de Usera pero no me falta de nada y mis padres ganan lo suficiente como para que no tenga que meterme a trabajar en un camión, pero lo que había ahí no era normal. Gente con relojes de oro, buena ropa y todos treintañeros, de la edad de Manolito más o menos. Me hinché a vender pastillas, gracias a que la camarera, ya no recuerdo si se llamaba Verónica o Begoña, me fue presentando a cada uno de aquellos forrados. Lo que Pintxo no sabe es que la camarera traficaba con los tres rumanos que le pusieron los huevos de corbata. Por eso me llevó a la zona vip. Al fin y al cabo, era mejor tenerme a mi entretenido vendiendo para treinta o cuarenta y que sus amiguitos tuviesen vía libre para vender en el resto de la discoteca.

- ¡Por fin te encuentro! Vámonos de aquí cagando leches que nos van a matar.

- ¡Ya la has cagado! Qué habrás hecho

Entre empujones y codazos salimos de la discoteca. Fue el camino más largo que he hecho en mi vida para salir de un sitio. Y encima con la tensión de que no nos pillaran el Serbio y los tres rumanos. Recuerdo que Pintxo estaba desencajado. Menos mal que estamos en Madrid y las discotecas cierran a las seis. No quiero ni pensar qué hubiese pasado si cerrasen a las tres. Seguramente todo el mundo se estaría yendo, el garito estaría prácticamente vacío y salir de allí habría sido incluso más difícil. Al haber tanta gente sólo éramos dos pastilleros más con prisa por salir a tomar el aire. Si algo bueno tienen las discotecas del centro es que siempre hay taxis cerca de ellas. No tardamos ni cinco segundos en montarnos en el primero que vimos. Llevábamos mucha pasta encima, aunque cuando tu vida depende de montarte en un taxi y pirarte lo más lejos de allí el dinero es lo de menos. Sin un duro también nos habríamos montado y luego largado sin pagar.  

- Hola amigo. ¿A dónde?

- Lejos tronco, muy lejos. Tú dale caña que ya te vamos diciendo.

- No entendler. ¿A dónde amigo?

Que te toque un taxista chino caído de un guindo, que no se sabe las calles de Madrid y que te lleva a dos por hora no tiene ni punto de comparación a que te pille un control de policía antes de salir a la autopista y que ese chino caído de un guindo sea un taxista ilegal, sin permiso de conducción y que se dedica a dar vueltas a los clientes para sacarles el mayor dinero posible. Para colmo, nosotros traíamos mala pinta y estábamos cargados de pastillas. Pastillas sin droga, sí, pero pastillas a simple vista. Como era de esperar, nos hicieron bajar del coche a los tres. No hace falta que te cuente lo siguiente porque tú mismo lo viviste.

- ¿Lee Yung-Park?

- ¡Plesente! Dígame amigo.

- Puedes irte. Tu mujer ha pagado la fianza.

- Glasias, glasias.
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Llevamos una semana entre rejas y ni Dios ha aparecido por aquí. Bueno, nuestros padres sí. Pero me refiero a gente que nos pueda sacar de este cuchitril. Lo que aún no entendemos ni Pintxo ni yo es cómo es posible que no teniendo absolutamente nada de droga esas pastillas nos sigan reteniendo aquí. Clau tampoco ha venido a visitarme. Pobrecilla, estará muy liada con los exámenes. ¿Y Manolito? Qué tío más listo, forrándose a base de hacer pastillas que no colocan. Desde luego que la gente se cree cualquier cosa. 


FIN

jueves, 15 de mayo de 2014

Roma (2)

- Es muy grande para ser un Westy. ¿Qué años tiene?

- En agosto hace cuatro.

No pasaron ni treinta segundos y Nadia se encontraba sola haciendo footing por aquel parque enorme en el que siempre corría. Había estado acariciando al perro de un extraño chico, tan parco como corpulento. En tan poco tiempo fue capaz de localizarle tres tatuajes: uno en cada brazo y otro en el cuello. Inevitablemente, se le vino a la cabeza unas palabras que su amiga Quelma le dijo una noche de fiesta: "Todos los chicos que llevan tatuajes son especiales". Cierto era que Quelma no solía ser muy profunda en sus reflexiones, ya que la inmensa mayoría de sus conversaciones giraban en torno al sexo, pero esa noche fue una de las mas lúcidas. Entre montículos y corrientes de viento, Nadia pensó en la más que breve conversación que había mantenido con el chico. ¿Viviría cerca?, ¿cuál sería su nombre?, ¿sería especial por llevar tatuajes? y sobre todo ¿volvería a verle alguna vez?

Al salir de la ducha, puso uno de sus discos favoritos. Pese a que era viernes, su cuerpo no le pedía más marcha que la que Beethoven podía darle. Justo antes de darle al play, escuchó una melodía no muy lejana que le resultó familiar. Tan familiar que era parte de su disco de Beethoven que tantas veces había escuchado. No sólo no puso el disco sino que lo guardó en la caratula mientras escuchaba ensimismada la hermosa melodía. Era un violín, sin duda. Por la forma en que sonaba, su dueño tendría que llevar décadas tocándolo para hacerlo sonar de ese modo. Tarareaba a la vez que escuchaba a aquel maestro (o maestra) del violín. A punto de llegar al climax de la pieza, alguien llamó al timbre con verdadera insistencia. -¡Voy!- exclamó mientras se terminaba de vestir apresuradamente. El timbre no paraba de sonar hasta que por fin abrió la puerta.

- ¡Lionel!, ¿qué haces aquí?

- ¿Cómo que qué hago aquí? Llevo esperándote fuera más de cuarto de hora.

Nadia se le quedó mirando fijamente sin saber muy bien qué contestar hasta que entró en razón de que había quedado con él para...

- ¡El concierto! Perdoname... se me había pasado por completo.

- De verdad, qué cabeza la tuya. Anda, termina de vestirte que nos vamos. Al final se la he mangado.

La noche refrescaba y Nadia maldecía el momento en que apostó con Lionel que no sería capaz de atreverse a robar la moto de su padre. A pesar de ser tres años mayor que ella, Lionel no era ni la mitad de maduro. Le encantaba vivir al límite, excediéndose incluso con el alcohol y las drogas en ocasiones. Aun así, siempre estaba disponible para Nadia, algo que ella valoraba mucho. Más allá de sus batallas nocturnas en los bares rockeros que frecuentaba o las mediocres intentonas de sorprenderla tocando la guitarra, Nadia sabía que él siempre estaría ahí.

- Espera, no arranques aún. ¿No lo escuchas?

- Sí, menudo coñazo de canción. A mi es que las gaitas...

- ¡Es un violín!

- Bueno, lo que sea. Ponte el casco que nos vamos. ¡Y agárrate porque la voy a pisar!

CONTINUARÁ...

viernes, 29 de noviembre de 2013

Roma (1)

Por mucho que lloviese en aquella tarde de primavera, nada era comparable al mar de dudas que su cabeza generaba tras millones de gotas que caían sobre su paraguas. Tras un considerable paseo por el sendero más largo hacia su casa, Nadia abrió rápidamente la puerta de su pequeño apartamento, no sin antes mancharse de barro sus diminutas manos. Sólo tenía dos llaves: la de la puerta de su casa y la del coche. Pese a que no había confusión, ese día se mostraba más nerviosa de lo habitual, por lo que al sacar las llaves de su bolsillo se le cayeron en el charco que siempre se formaba en la entrada de su casa cada vez que había un aguacero como el de ese día. Nadia no era una chica más. Cuando llovía no sólo se servía de su paraguas azul sino que también usaba uno de sus múltiples gorros para que su corto pero cuidado cabello quedara intacto frente a la humedad. Cuando se puso cómoda, comenzó a preparar la cena. Era pronto, algo más de las ocho, pero ella no era precisamente de cenar al horario español. Más bien odiaba todo lo relacionado con la cultura española, incluso la paella, aquella paella que tantas noches había tenido que tragar de niña cuando veraneaba con su familia en Valencia. Tras prepararse su ensalada favorita, empezó a ojear el catálogo de viajes que su amiga Quelma le había dado pocas horas antes. La conocía desde que ambas tenían cinco años, pero dos décadas después e infinitas noches de risas y diversión no habían sido suficientes para saber por qué se hacía llamar así. Y lo más curioso, por qué nadie le preguntaba el origen de su nombre. Sonó el teléfono y, pese a estar cenando, se levantó de la mesa para ir a la esquina de la cocina a cogerlo.

- ¿Dígame?

- ¡Nena! ¿Has visto ya el catálogo que te he dejado?

- Justo ahora le estaba echando un vistazo. La verdad es que tiene muy buena pinta todo allí.

- Ya verás, lo vamos a pasar de lujo. Además los italianos están tremendos.

- Si yo ya se a lo que vas tú. Pobre Teo, menuda le ha caído contigo.

- ¡Qué va mujer! Si no se entera de nada. Además, ya sabes que una necesita desfogarse un poco de vez en cuando…

- Pero si es tu novio deberías respetarle más y no engañarle tanto… ¿O pretendes que me trague que es la primera vez que le vas a poner los cuernos?

- Mira, como veo que te estás poniendo moralista te dejo que sigas cenando que se te escucha masticar esa ensalada asquerosa que te preparas.

Entre risas colgaron y Nadia terminó de cenar. Los últimos meses no habían sido precisamente brillantes en su vida pero al menos había ahorrado lo suficiente como para permitirse el capricho de hacer un viaje. Sin embargo, últimamente se notaba más viva. Tenía la sensación como si algo que llevase mucho tiempo esperando fuese a cumplirse. 

CONTINUARÁ...

sábado, 3 de agosto de 2013

Poker de almas (6)

- Vamos a tener que echar la puerta abajo porque esta mujer ha puesto el pestillo

- ¡Qué dices Alex! ¿Tú sabes lo que cuesta esta puerta? -contestó Pablo exaltado-

- Entonces dime tú que hacemos, ¿la dejamos ahí dentro?

- Hazle caso Pablo, es más importante Fernanda que la puerta -dijo Diana con voz temblorosa.

Pese a que Alex no era de corpulencia raquítica, tuvo que servirse de la ayuda de Pablo para derribar la puerta. Tras varios esfuerzos, consiguieron abrir y observaron a Fernanda tirada en el suelo.

- ¡Dios mío! ¡Está muerta! -gritó Diana al tiempo que rompía a llorar.

- Yo lo comprobaré, que para algo soy medico. Llévate a mi mujer de aquí Alex.


Mientras los dos se dirigían a la cocina, Diana no podía parar de gritar. Estaba fuera de sí, desquiciada por completo.
- Esto no puede estar pasando, dos muertes seguidas. 

- Tranquilízate Diana. Será mejor llamar a la ambulancia.

- ¿No te das cuenta? Esto no puede ser por casualidad. Cada vez que alguien pierde su dinero contra ti muere. Es como una maldición.

- ¡Estás paranoica! Le habrá dado un infarto, estaba mal de salud desde el otro día.

- No es un infarto, estoy segura. Hay que seguir jugando Alex. 

Mientras, y tras cerciorarse de que Fernanda había muerto, Pablo escuchaba atentamente detrás de la puerta la discusión acalorada que mantenían Alex y Diana.

- Eso es lo que más te gusta, jugar con todo. Juegas con tu marido, engañándole conmigo, y juegas conmigo quedándote con él cuando sabes que a quien quieres es a mi. Llevas años diciéndome que te fugarás conmigo y no lo haces. Sólo te interesa el dinero.

- ¿Pero es que no lo ves? ¡Hay que jugar para ver quien es el siguiente y descubrir qué está pasando!

El punto y final de la discusión lo puso la entrada de Pablo en la cocina. Su rostro era todo un poema. Reunía la tristeza de haber comprobado como Fernanda estaba muerta y a la vez el odio de haberse enterado que su mujer le había sido infiel durante años con su buen amigo.

- ¿Ha muerto? -preguntó Diana sin percatarse de que Pablo había escuchado todo.

- Sí, ha muerto. Y a mi me acabas de matar también. He escuchado como hablabais de vuestro romance. ¿Cómo habéis podido?

- Pablo te juro que yo…

- Ahora lo entiendo todo. Estabas conmigo solo por mi dinero. No tienes corazón Diana.

Desesperado por la situación, Pablo cogió el cuchillo que había sobre la encimera de la cocina. Ante los llorosos ojos de su mujer y deL rostro sudoroso de Alex, se clavó el cuchillo en el corazón. Pocos segundos después, moría en el suelo con el último recuerdo de la infidelidad de su preciosa mujer.

- ¿Lo ves ahora?

- ¿Si veo el qué?

- Otro que acaba de morir y acababa de perder antes también. 

- ¿Tu marido acaba de suicidarse y sigues con lo mismo? Estás loca, la única que está perdida eres tú. ¡Me voy a casa!

- Por favor Alex confía en mi. Sólo una partida más y nos olvidamos de todo esto. Empezamos una vida tu y yo desde cero que es lo que queríamos. Una vida real.

Tras unos segundos de indecisión, Alex aceptó la propuesta de Diana y caminaron rumbo al salón para jugar la partida definitiva. Mientras transcurría el juego, las velas se apagaron y Alex las volvió a encender.

- Bueno, la última mano. ¿Cuántas?

- Yo estoy servida.

- Madre mía, vas fuerte. Miedo me das.

- Ya, seguro -dijo Diana con ironía-

- Pues aquí llega el momento de la verdad. Saca tus cartas.

- Poker de ases -mostró Diana con mezcla de satisfacción y tensión mientras un silencio interminable recorría la partida.

- Venga Alex, saca las tuyas que me muero de los nervios.

- Poker de almas.

- ¿Perdón?- preguntó Diana con risa nerviosa.

Ante la incertidumbre de Diana, Alex sacó un bolígrafo de su chaqueta y escribió en la parte de atrás de las cuatro cartas los nombres de sus amigos en cada una que ellas.

- Víctor, Fernanda, Pablo y Diana. Poker de almas. ¿Tanto decirme antes que si no entendía nada y ahora la que no entiendes eres tú?

- ¡Fuiste tú! Estaba convencida de que no fueron muertes normales.

- Sí, fui yo. La verdad es que te creía más lista. Te lo estaba poniendo en bandeja desde el principio y tú sin enterarte. 

- Pero, cómo...

- ¡Pues muy sencillo! -interrumpió Alex a carcajadas- A Víctor me lo cargué nada más dejar a Fernanda en su casa. La muy perra empezó a sospechar de mi y eso me hizo acelerar mucho más mi plan. Tuve que matarla también introduciendo pequeños trozos de almendras y nueces en las pastas que a la pobre cubana no le hacían ningún bien como ya has podido ver. 

- ¿Pero y Pablo? A él no le mataste.

- Bastó con que se diese cuenta de que le eras infiel conmigo para que él mismo hiciera el trabajo por mi. La verdad es que me lo puso en bandeja y encima a eso se sumó tu intuición sobre todo lo que estaba pasando. No me puedo quejar.

- ¿Porqué has hecho todo esto?

- Tenía que demostrarte hasta qué punto el juego y el dinero han podido siempre con nuestras vidas -contestó Alex mientras sacaba una pistola de su chaqueta-

- Supongo que vas a matarme como a todos los demás.

Tras escuchar la conclusión de Diana, Alex no podía parar de reírse. Parecía poseído por la risa ante la inquieta mirada de Diana. 

- ¿De qué te ríes?

- No has entendido nada. Eres tan egoísta que sólo te importa tu vida. ¿No te has fijado que aún no he levantado mis cartas? Así que ya sabes lo que toca. Si sale…

- Sí, si sacas repoker o escalera ganas tú. Me se las normas de sobra, no hace falta que me las recuerdes.

Alex dio la vuelta a sus cartas. En ese momento ambos se miraron fijamente. La vela que daba luz a la mesa volvió a apagarse. Cinco segundos después se escuchó un disparo. 

FIN

domingo, 3 de febrero de 2013

Poker de almas (5)

- Disculpa si te he molestado Alex.

- Aquí está el mojito para la cubana más guapa. ¿De qué se tiene que disculpar este impresentable?- dijo Pablo con tono bromista.

- Nada, cosas nuestras. ¿Se ven doscientos?

- Se ven- dijo Alex con decisión.

-Trío de ases.

Parecía que esta vez la suerte no había acompañado a Alex. Respiró profundamente y cuando Fernanda se
las daba de ganadora respondió sacó sus cartas ante la atónita mirada de su rival.

- Full

- De verdad Alex, no se cómo lo haces pero por muy buenas que sean nuestras cartas las tuyas siempre son mejores.

- Hay mucho de suerte como también de decisión.

- Bla, bla, bla… siempre con tu falsa modestia- se quejó Diana que no parecía tener su mejor noche.

- Al menos me consuela que no me fui la primera como el pobre Víctor.

- Ya vale de hablar de Víctor, dejémosle descansar en paz. Venga Fernanda, bébete el mojito que se te va a calentar y comete alguna pasta que aún no las has probado y las hemos comprado por ti - saltó Pablo tratando de zanjar la trágica noticia.

- ¡Ah! ¿No llevan frutos secos?

- No.

- ¡Es todo un detalle! Muchas gracias- contestó Fernanda con alegría mientras mordía una de las pastas.

- Hagamos un descansito. Esto de ganar siempre me agota- presumió Alex.

Charlaron durante media hora entre pasta y pasta. Pablo y Alex parecían ser los más animados de la mesa mientras Fernanda y Diana hablaban de sus cosas pese al estado decaído de esta última. Viendo que apenas quedaba comida y bebida en mesa, retomaron la partida.

- Cariño estás muy conservadora esta partida, apenas has apostado.

- No tengo mucho ánimo. Ni siquiera se cómo podéis jugar con todo lo que ha pasado.

- ¿Y qué quieres que hagamos que nos pongamos a llorar todos? La vida sigue, no se puede estar siempre amargado - contestó Pablo agarrando a su mujer de la mano con ternura.

- Disculpadme, tengo que ir al servicio. Aún sigo un poco revuelta de la semana pasada. Ahora vengo - interrumpió Fernanda que se levantó como un resorte de la silla mientras la partida continuaba.

- Trescientos - apostó Alex una vez más llevando la iniciativa.

- ¿Trescientos? Sabes de sobra que no llego, me faltan cien - contestó Pablo mientras contaba su dinero con angustiosa rapidez.

- Pues como no cojas el dinero de tu mujer, me da que no vas a llegar a mi cantidad.

- Cariño, ¿me dejas lo que me falta?

- Sabes de sobra que vas a perder. Alex siempre gana.

- Venga no seas aguafiestas. Si seguro que va de farol como en toda la partida.

- Como veas, si total el dinero es tuyo…

- ¡Te prohíbo que vuelvas a decir eso! Sabes que todo lo mío es tuyo - contestó Pablo mientras besaba en la mejilla a Diana.

- ¿Entonces qué? ¿Los ves?

- Lo veo y que sea lo que Dios quiera. Tengo poker de cuatros.

- Pues me da que Dios no te quiere mucho Pablo. Poker de reyes.

- ¡Es increíble! Ya ni con un poker es posible ganarle - exclamó Pablo buscando en su mujer una mirada de compasión ya que se lo había advertido.

Alex encendió un nuevo cigarro con la sonrisa del que se sabe ganador. Sin embargo, se percató de que algo raro estaba pasando.

- Por cierto, nos hemos olvidado de Fernanda. Lleva un largo rato en el baño, ¿se habrá quedado dormida?

Los cuatro se miraron con inquietud y fueron al baño a ver si estaba todo en orden. Entre tanto trasiego, Alex aprovechó para darle un pequeño pellizco en el trasero a Diana percatándose de que Pablo estaba mucho más adelantado de camino al baño y sería imposible que viese nada. Esta le apartó radicalmente la mano pero su picara sonrisa hacía deducir que no le había desagradado en absoluto y que en parte lo deseaba.

CONTINUARÁ...

viernes, 25 de enero de 2013

Poker de almas (4)

- Madre mía, ¿pero cómo ha sido?

- Al perecer se ha suicidado, estaba ahorcado. - respondió Pablo mientras abrazaba a su mujer desconsolada.

- Bueno, al menos no volverá a perder dinero jugando al poker - saltó Fernanda mientras recibía miradas de odio por todos los lados.

- Es una broma para aliviar el mal trago, no me miréis así.

- En fin, vamos a jugar que hay mucho dinero en juego. Apagaremos las luces y encenderemos una vela en honor a Víctor. Se que nunca nos cayó bien a ninguno, pero es una persona y merece respeto.

- Tienes razón Pablo. Aunque no sé si tu mujer está en condiciones de apostar.

- Tranquilo, si veo que empieza a hacer disparates con el dinero apostaré yo por ella. Vamos a jugar.

Los primeros instantes de la partida fueron fríos y de poco movimiento. Todo el mundo estaba consternado por la muerte de Víctor. Diana era la más afectada, no podía parar de lagrimear. Alex y Pablo trataban de mantener la entereza y Fernanda, pese a hacerse la dura, también estaba abatida.

- ¿Fernanda hoy no bebes?

- No hijo, y no te creas que no tengo ganas de un mojito de los tuyos pero desde el otro día ando revuelta.

- Llevas toda la noche a base de agua, ¡te van a salir branquias!

- Vale, después de esta mano me preparas uno.

- ¡Claro que sí mujer! Hay que animarse.

La partida transcurría sin mayor emoción. Diana y Pablo se plantaron. Una no tenía la cabeza puesta precisamente en la partida y el otro no estaba teniendo su mejor noche, apenas le quedaba dinero. Aprovechando su plantón, ambos se fueron a la cocina a preparar el mojito de Fernanda mientras hablaban de la trágica noticia. Mientras tanto, la partida parecía coger interés.

- Doscientos.

- Veo.

- Te aviso que voy cargada jovencito.

- Ya sabes de sobra que a mí no me asusta nada

- Qué raro lo de Víctor, así de la noche a la mañana se suicida.

- Siempre fue un tipo raro.

- De eso no hay duda, pero no creo que fuese un suicida - zanjó Fernanda mirando fijamente a Alex con cara de sospecha.

- Cuando me dejaste en casa la semana pasada, ¿a dónde fuiste después?

- ¿A dónde voy a ir? ¡Pues a mi casa!

- ¿Seguro?

- ¿Qué eres mi madre?

- No, para nada. Lo único que cuando fui a bajar las persianas para echarme a dormir vi que giraste en dirección contraria y tu casa está dos calles más para abajo de la mía.

- ¿Me estás acusando de algo? Fui a echar gasolina. Tú como no sabes conducir te crees que los coches
andan solos.

En plena tensión aparecieron Pablo y Diana con el mojito de Fernanda y unas pastas de chocolate para amenizar la partida.

CONTINUARÁ...

miércoles, 23 de enero de 2013

Poker de almas (3)

- La verdad que desde que Víctor se fue la partida está mucho más igualada. Aunque Fernanda anda justita- dijo Alex mientras encendía un cigarro como si estuviese en su propia casa.

- Ese hijo del diablo lo único que hace siempre es molestar.

- Por favor Fernanda, no seas brusca tú también.

- Es cierto Diana, tú misma sabes que tengo razón. Continuamente con ese mal humor y siempre metiéndose conmigo. ¿Qué le habré hecho yo?

- Quizá solo es machista o racista. Déjale, está muy solo.

- Yo creo que es de la acera de enfrente- saltó Pablo.

- ¿Y eso qué mas da?- respondió Diana con cara de incredulidad.

- Pues muy sencillo, que vive reprimido y no es capaz de ser él mismo. Por eso se comporta de ese modo.

- Eso es una bobada y lo sabes. Además las mujeres nos damos cuenta de esas cosas y ni Fernanda ni yo hemos notado nada, ¿a que no Fernanda?

En ese preciso momento Fernanda empezó a encontrarse mal. Estaba blanca como la leche y temblaba como si en la casa estuviesen a bajo cero.

- ¿Qué te pasa? Estás pálida.

- No me encuentro bien…

- Claro, el mojito… Bueno no, más bien LOS mojitos - dijo Alex irónicamente.

- Necesito irme a casa. Creo que me vendrá bien descansar. Llamaré a un taxi.

- ¡Pero qué dices mujer! ¿Estás loca? Te saldrá por un ojo de la cara. Te acerco yo

- En serio Pablo, muchas gracias pero no quiero ser molestia. Mejor me cojo un taxi. Además no vas a dejar a tu mujer sola con todo lo que hay que recoger.

- Eso tiene fácil arreglo, te llevo yo. Así no hacemos salir a Pablo de su casa, Diana no se queda sola y a mi me queda al lado acercarte - se anticipó Alex galánmente.

- No, de verdad, no quisiera…

- ¡No hay más que hablar! Te acerco yo que me pilla de paso.

- ¡Perfecto! - Zanjó Pablo. La semana que viene seguimos con la partida. Os vemos aquí a la misma hora.
Avisar a Víctor también.

A la semana siguiente volvieron a reunirse en la misma casa a la misma hora. En esta ocasión Alex fue el último en llegar. Llamó al timbre y Pablo y Diana fueron a abrirle.
 
- Hola anfitrión, veo que ya habéis puesto todo. Diana, estás tan guapa como la semana anterior. Y Víctor qué, ¿tarde cómo el otro día?

Durante pocos segundos se produjo un incomodo silencio que no hacía presagiar buenas noticias.

- ¿Qué ocurre? - preguntó Alex con preocupación.

- Acabamos de recibir una llamada de la madre de Víctor. Se lo ha encontrado muerto esta mañana en la ducha. - le comunicó Diana antes de romper a llorar.

CONTINUARÁ...

domingo, 20 de enero de 2013

Poker de almas (2)

- Apuesto cien

- Cincuenta más

- Veo que vienes avasallando, como siempre...

- Yo me planto. Anda Pablo, prepárame otro mojito.

- Es el tercero ya, tú verás…

- Si tú también te has plantado, así que mientras tráeme uno - le dijo Fernanda con ese tono amable que siempre la caracterizaba.

- Voy yo cariño, así Fernanda me cuenta cotilleos. Ya sabéis cómo somos las mujeres a veces - se anticipó Diana con ternura. Ambas se levantaron rumbo a la cocina.

- Bueno Víctor, Sólo quedamos tú y yo. ¿Cincuenta más o tienes miedo?

- Sólo te queda eso, te vas a ir el primero como pierdas - le avisó Pablo poniéndole la mano en el hombro. Esos segundos de silencio incomodo en los que Víctor meditaba su decisión fueron cortados por un plato que se rompió en la cocina.

- Llegados a este punto me da igual.

- Esto me suena a hace un año, fuiste la primera víctima de Alex. ¿Recuerdas?

- ¿Por qué no vas con tu mujer a la cocina y dejas de meterme cizaña? Además este es un juego de hombres. Veo tus cincuenta y los diez que me quedan.


Al tono arisco de Víctor se sumo un fuerte ataque de tos que mantuvo interrumpida la partida segundos que se hicieron tan largos como meses.

- Tienes que cuidarte más.

- Sí, sí… lo que tú digas. Enseña las cartas.

- Trío de dieces. A poquito que tengas algo me ganas - dijo Alex con su típica ironía mientras Víctor suspiraba de agobio.

- Doble pareja… Has vuelto a ganar.

- Te lo dije, era mejor que te hubieses plantado.

- Y yo te dije que fueses con tu mujer a la cocina, ¡gafe!

- Es sólo una partida, no te pongas así hombre - trató de calmar Alex el ambiente mientras ordenaba su dinero recién ganado.

- Claro, lo que yo decía, mientras ganes tú siempre sólo es una partida… En fin, me voy a casa.

- Venga Víctor no te pongas así. Te preparo un mojito.

- Déjalo, me aburre siempre lo mismo. Resultaría más emocionante jugarse la vida.

- No digas bobadas y acepta el mojito de Pablo, que los hace bien ricos. Y si no que se lo pregunten a Fernanda.

- En serio, me voy. Ya no aguanto más aquí. Buenas noches caballeros. !Y tú vigila a tu mujer! Que está muy guapa y hay mucho buitre.

Víctor cogió su abrigo aún mojado y salió de casa de Pablo y Diana sin decir mucho más. Se le notaba humillado, aunque bien es cierto que su cara no acostumbraba a reflejar demasiada simpatía.

- ¿Cómo van los hombres de la casa? ¿Y Víctor dónde se ha metido? ¿Está en el baño?

- No cariño, se ha ido a casa. Alex ha terminado de desplumarle.

- Vaya, igualito que la última vez. ¿Qué tienes en contra de él Alex?- dijo Diana entre risas.

- Absolutamente nada, pero ya sabes cómo es el juego. Si no sabe jugar es mejor que haga lo que ha hecho: irse.

CONTINUARÁ...

miércoles, 16 de enero de 2013

Poker de almas (1)

- Es un placer veros aquí de nuevo. Parece que fue ayer la última vez que nos vimos. De verdad, muchas gracias por venir. 

- Gracias a ti Pablo. Y sobre todo a ti Diana. Veo que estás incluso más guapa que la última vez, y mira que parecía difícil porque estabas impresionante.

- De verdad Alex... tú como siempre tan galán - dijo Diana entre risas y tocándose el pelo algo nerviosa.

- ¡Déjense de chácharas y empecemos a jugar de una vez!

- Aún falta Víctor, llegará tarde como de costumbre- dijo Alex con cierto pesimismo.

- Tranquila Fernanda, mientras te pongo un mojito y así nos vamos animando. ¿Cómo anda tu marido?

- Ahí sigue querido... no muy bien la verdad. Encima ahora está enfermo, como si no tuviese poco con lo suyo el pobre

- Vaya... no sabes cuanto lo siento.

- Gracias Diana, las cosas son como son - respondió Fernanda mientras Pablo llegaba con un mojito que parecía sobrecargado de menta.

- ¡Bueno, bueno! No pensemos en lo peor. Aquí tienes tu mojito, seguro que hace que se te pasan los males. Además el ron es de tu tierra y de 20 años.

Fernanda bebió entre lágrimas un buen trago de aquel mojito. Sin duda el ron no era cubano de 20 años, ya que además del juego, era una gran experta en bebida, pero lo bebió como si lo fuese. Mientras llamaron al timbre.

- Este debe ser Víctor.

- No te preocupes cariño, ya abro yo - se anticipó Diana impidiendo que su marido fuese a abrir a la vez que miró de reojo a Álex sonriendo. 

- Buenas noches, disculpad el retraso.

Víctor era un hombre un tanto excéntrico, solitario y generalmente amargo. Desde joven arrastraba problemas de tos y nunca se le había conocido mujer. En el banco sus compañeros de trabajo siempre especulaban con que era homosexual, pero él jamás se pronunció al respecto. Lo cierto es que fuese cual fuese su orientación sexual, su carácter era un tanto depresivo y su aspecto mal cuidado.

- Anda dame el abrigo, que por cierto lo tienes empapado y siéntate junto a Fernanda.

- ¿Ya está borracha la colombiana?- Víctor se sentó sin ni siquiera mirarla.

- No, no lo está. Y no es colombiana, sino cubana. Podrías mostrarte por una vez un poco más simpático, que hace un año que no nos vemos y sigues tan agrio como la última vez...

- Bueno, basta de tonterías. ¡A jugar ya! - exclamó Pablo con ganas de aliviar la tensión que se había generado desde la llegada de Víctor.

- Así me gusta, eso es un buen anfitrión

- No me extraña que estés de acuerdo en empezar ya Alex, como tú siempre ganas... Aún recuerdo la del año pasado...

- Es una manía que tengo. Ganar al poker y follar son las dos cosas que mejor se me dan - dijo Alex con cierto tono fanfarrón acompañado de las risas del resto de la mesa a excepción de Diana.

- Y encima te reímos las gracias... así da gusto.

- Anda Víctor, no seas antipático y disfruta de la partida.

- ¡Ya habló doña feliz! Claro, como la señorita tiene un marido millonario que todo se lo paga no le importa perder.

- ¡No te pases de listo!

- Tranquilo Alex, cualquiera diría que es tu esposa y no la de Pablo.

En ese momento y sin saber por qué, Fernanda derramó lo poco que le quedaba de mojito sobre la mesa. Fue sin duda un golpe de alivio porque el ambiente empezaba a estar demasiado cargado y sirvió para zanjar definitivamente la polémica mientras limpiaban la mesa con las servilletas bordadas en dorado. Tras esto, todo el mundo sacó su correspondiente dinero y comenzaron a jugar.

CONTINUARÁ...