Una imagen vale más que mil palabras. Siempre se dice eso. En parte es un dicho con mucho sentido porque por muchas palabras mal sonantes o de irritación que uno pueda escribir, se me antoja complicado poder representar la frustración de una persona con letras. Sin embargo, valdría con captar un instante el gesto de su cara para poder descifrar si esa persona está bien o no.
Pero hay momentos en la vida que uno se ve incapaz de interpretar con palabras, letras o imágenes. Es un instante de angustia que suele ser breve. Aunque si breve significa estar toda una noche sin pegar ojo, que venga Dios y lo vea. Pero sí es cierto que es breve, porque si lo comparamos con la cantidad de horas que llevamos durmiendo desde que nacimos, no es breve sino insignificante. Que contradictorio y relativo es todo.
Sería fácil que la explicación a esta inquietud angustiosa fuera el recuerdo, la nostalgia, o la preocupación por algo, pero sería muy vago pensar eso. El recuerdo es simplemente mirar al pasado y encontrarte contigo mismo y la nostalgia es echar algo de menos que a veces hasta carece de importancia. La preocupación ya es más compleja, porque si analizamos la cantidad de preocupaciones absurdas que tiene el ser humano podríamos tirarnos sin dormir días enteros. Por tanto, me veo incapaz de explicar ese sentimiento que muchas veces nos invade y que nos tortura sin parar. Si por mí fuera, lo cogería y lo aplastaría, pero bien es cierto que uno no puede enfrentarse al vacío. Justamente es eso, vacío. Estoy seguro de que está lejos de historias existenciales y de inquietudes personales. Es simplemente un nihilismo personal que se escapa de cualquier tipo de lógica.
Generalmente nos encontramos bien. No seamos negativos por el simple hecho de serlo. El hombre, quitando casos de extremada amargura por situaciones que están justificadas, suele encontrarse bien con el mundo y con él mismo. Alguna que otra vez, puesto que no todos los días van a ser fiesta, se encuentra mal, pero repito, su mal estar está motivado por algo. Pero cuando uno no sabe si está bien o está mal, entonces el problema se agranda. Muchos que tienen este vació del que les hablo, se creen que pueden solucionarlo o encontrarle una explicación cambiando de aires. Muy bien, cambiemos de sitio, pero estoy convencido de que la respuesta al vació no está en convertirse en un nómada terrenal porque al final se cae en el vicio de convertirse en un trotamundos aventurero sentimental que no sabe a donde va. Antes de cerrar tu casa, mira bien dentro de ella no vaya a ser que lo que busques esté ahí.
"El hombre ha nacido libre y por doquiera se encuentra sujeto con cadenas" (Jean-Jacques Rousseau).
martes, 30 de marzo de 2010
sábado, 27 de marzo de 2010
Adictos a la dependencia
“Nunca dudes de las cosas que pasan en la oscuridad, que hasta tu sombra te abandona”. Esta frase es de Iosu Expósito, guitarrista del grupo vasco de punk, Eskorbuto. Iosu, al igual que muchos a los que la historia no tiene en su recuerdo, murió a causa de la heroína en 1992. Aunque ha llovido bastante desde entonces y por mucho que vivamos en una eterna quejumbre de que todo está mal, yo me siento orgulloso de que la sociedad actual tenga miedo de jugar a los médicos suicidas.
Volviendo a la frase de Iosu, puede parecer un poco esperpéntico que un adicto a la heroína como él, que nunca salió de Santurce y que siempre pecó de antisistema agresivo, dijera algo tan sabio. No recuerdo como era la sociedad cuando Iosu pronunció esas palabras ya que yo era muy pequeño o seguramente ni habría nacido, pero puedo intuir que no muy distinta a la de ahora. Está claro que según pasa el tiempo nos vamos haciendo más dependientes de nuestro entorno. Somos incapaces de dar un solo paso sin pensar qué pensaran los demás de nosotros. Por muchos esfuerzos que hago aun no he conseguido encontrar a una sola persona que haga las cosas por el simple hecho de que quiere hacerlas y no le importa lo que pienses de él o lo que pueda acarrear su decisión. No se si es por inmadurez social o por simple miedo a la soledad, pero cada vez dependemos más del otro.
Esta dependencia lo que está creando es cada vez más núcleos de personas que necesitan los unos de los otros para poder vivir. No digo que esté mal, porque quién no pregunta continuamente a sus amigos ¿qué hacemos hoy?, ¿cuál es el plan? o los más escuetos ¿hoy qué? El problema está cuando es tal la dependencia de tu gente que eres incapaz de ser tu mismo. Entonces esto lleva a un problema mayor, ya que la dependencia se convierte en vicio, y todos sabemos que los vicios no son buenos. Además, por si fuera poco, esto puede desencadenar en un problema mayor que es la depresión, ya que al depender tanto de un grupo de personas, si estas te fallan entonces tu única salida es recluirte en ti mismo. Pero claro, al ser alguien tan dependiente de los demás, a la hora de crear tu propia independencia emocional te ves ahogado en un vaso de agua.
Iosu Expósito era adicto a la heroína, a montar jaleo y a tocar la guitarra de una forma soez pero brillante (y seguramente a otras muchas cosas que se me escapan), pero no era adicto a depender del otro para poder hacer las cosas. Da igual que le llamen a uno parásito social, porque es preferible ser eso a ser un adicto a la peor droga que hay: la esterilidad personal.
Volviendo a la frase de Iosu, puede parecer un poco esperpéntico que un adicto a la heroína como él, que nunca salió de Santurce y que siempre pecó de antisistema agresivo, dijera algo tan sabio. No recuerdo como era la sociedad cuando Iosu pronunció esas palabras ya que yo era muy pequeño o seguramente ni habría nacido, pero puedo intuir que no muy distinta a la de ahora. Está claro que según pasa el tiempo nos vamos haciendo más dependientes de nuestro entorno. Somos incapaces de dar un solo paso sin pensar qué pensaran los demás de nosotros. Por muchos esfuerzos que hago aun no he conseguido encontrar a una sola persona que haga las cosas por el simple hecho de que quiere hacerlas y no le importa lo que pienses de él o lo que pueda acarrear su decisión. No se si es por inmadurez social o por simple miedo a la soledad, pero cada vez dependemos más del otro.
Esta dependencia lo que está creando es cada vez más núcleos de personas que necesitan los unos de los otros para poder vivir. No digo que esté mal, porque quién no pregunta continuamente a sus amigos ¿qué hacemos hoy?, ¿cuál es el plan? o los más escuetos ¿hoy qué? El problema está cuando es tal la dependencia de tu gente que eres incapaz de ser tu mismo. Entonces esto lleva a un problema mayor, ya que la dependencia se convierte en vicio, y todos sabemos que los vicios no son buenos. Además, por si fuera poco, esto puede desencadenar en un problema mayor que es la depresión, ya que al depender tanto de un grupo de personas, si estas te fallan entonces tu única salida es recluirte en ti mismo. Pero claro, al ser alguien tan dependiente de los demás, a la hora de crear tu propia independencia emocional te ves ahogado en un vaso de agua.
Iosu Expósito era adicto a la heroína, a montar jaleo y a tocar la guitarra de una forma soez pero brillante (y seguramente a otras muchas cosas que se me escapan), pero no era adicto a depender del otro para poder hacer las cosas. Da igual que le llamen a uno parásito social, porque es preferible ser eso a ser un adicto a la peor droga que hay: la esterilidad personal.
jueves, 18 de marzo de 2010
Preso por la libertad
El día a día de las personas puede resultar en muchos aspectos simple y en el peor de los casos rutinario. Pongamos por caso: uno se levanta, desayuna (en mi caso eso nunca ocurre), se asea y se va a hacer lo que tenga que hacer. Pasa un día mas o menos normal, y cuando termina vuelve a su casa para concluir el día. Ha sido un día más. Ni bien ni mal, simplemente un día como otro cualquiera.
Pues bien, detrás de toda esa obra teatral repetitiva uno cree que lo tiene todo bajo control, pero en realidad se nos escapan muchos detalles que, a mi juicio, no deberían pasar desapercibidos. Creemos ser libres. Sí, en efecto somos libres. Nadie nos tiene atados con cadenas ni prisioneros entre cuatro paredes. En la medida de lo que cabe hacemos lo que queremos. Pero ¿hasta qué punto somos libres? Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que la libertad es un invento social. Es como un chupete para los niños que cuando se lo das se callan y cuando se lo quitan es muy probable que vuelvan a llorar. Que nos ponemos un poco “rebeldes”, nos inyectan en vena una pequeña dosis de libertad para que estemos tranquilos. Si nos excedemos, ya sabemos que habrá unas consecuencias y por tanto nos quitaran esa libertad que tanto deseamos.
Y luego todos esos estudiosos político sociales dirán la famosa frase de “no hay que confundir libertad con libertinaje”. Eso es un engaño. Se es libre o no. Pero poner limites a la libertad es algo ilógico. Esto es como lo de la incoherencia que pide mucha gente de implantar una cadena perpetua pero revisable. Pero ¿esa gente se ha planteado alguna vez la salvajada que están diciendo? A alguien que se le condena de por vida se le condena para que no salga nunca de la cárcel, sino ¿para que se le condena de por vida si va a tener la opción de salir? Ya está bien de cinismo y de demagogia barata.
Dicen que la libertad se aprecia mucho más cuando uno no la tiene. Pues bien, no se que es peor, si no tenerla y echarla en falta o tenerla a medias. Estamos llegando a un punto en que la vida es como un campo. Uno cree no tener fronteras ni barreras y que lo único que le frena es la lluvia o el viento desmesurado. Pues lamentablemente, aunque no las veamos, en el campo también hay puertas.
Pues bien, detrás de toda esa obra teatral repetitiva uno cree que lo tiene todo bajo control, pero en realidad se nos escapan muchos detalles que, a mi juicio, no deberían pasar desapercibidos. Creemos ser libres. Sí, en efecto somos libres. Nadie nos tiene atados con cadenas ni prisioneros entre cuatro paredes. En la medida de lo que cabe hacemos lo que queremos. Pero ¿hasta qué punto somos libres? Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que la libertad es un invento social. Es como un chupete para los niños que cuando se lo das se callan y cuando se lo quitan es muy probable que vuelvan a llorar. Que nos ponemos un poco “rebeldes”, nos inyectan en vena una pequeña dosis de libertad para que estemos tranquilos. Si nos excedemos, ya sabemos que habrá unas consecuencias y por tanto nos quitaran esa libertad que tanto deseamos.
Y luego todos esos estudiosos político sociales dirán la famosa frase de “no hay que confundir libertad con libertinaje”. Eso es un engaño. Se es libre o no. Pero poner limites a la libertad es algo ilógico. Esto es como lo de la incoherencia que pide mucha gente de implantar una cadena perpetua pero revisable. Pero ¿esa gente se ha planteado alguna vez la salvajada que están diciendo? A alguien que se le condena de por vida se le condena para que no salga nunca de la cárcel, sino ¿para que se le condena de por vida si va a tener la opción de salir? Ya está bien de cinismo y de demagogia barata.
Dicen que la libertad se aprecia mucho más cuando uno no la tiene. Pues bien, no se que es peor, si no tenerla y echarla en falta o tenerla a medias. Estamos llegando a un punto en que la vida es como un campo. Uno cree no tener fronteras ni barreras y que lo único que le frena es la lluvia o el viento desmesurado. Pues lamentablemente, aunque no las veamos, en el campo también hay puertas.
sábado, 6 de marzo de 2010
Iluso sin ilusión
A veces nos cuesta mucho distinguir entre ilusión e imaginación. Desde mi punto de vista, la ilusión son los sueños que más deseamos y que daríamos lo que fuese por que se cumplieran. Teniendo ilusión es muy fácil saber qué es la imaginación, ya que con solo profundizar un poco en nuestros sueños ya conseguimos imaginar.
Muchas veces creemos estar ilusionados con algo cuando en realidad lo único que estamos es encerrados en nosotros mismos. Tener ilusión no significa estar obsesionado con algo. El problema de todo esto es que al estar tan sumamente concentrado en eso que tanto nos gusta o nos atrae y tener tantas expectativas en ello, nos evadimos del mundo y creamos nuestra propia ficción. Es por esto que el ser humano se lleva tantas decepciones. En el fondo, las decepciones no son mas que un retorno al planeta tierra. Durante el tiempo que nuestra propia realidad nos lo permita, vivimos en un mundo de flores donde el cielo es de colores y nada nos saca de él. Todo esto dura hasta que uno deduce, por lo que sea, que está siendo fruto de una gran broma por parte de su imaginación.
Hay cosas en la vida que son universales y negarlas sería cosa de locos. Al igual que detrás de toda relación sexual (con un mínimo de sentimiento de por medio) se esconde un nerviosismo absurdo, detrás de toda ilusión se esconde una gran decepción. El ser humano se ilusiona y después, cuando ve que dicha ilusión no se ve recompensada, elucubra al máximo con tal de no reconocer que sus sueños han fracasado. Pero si algo bueno tienen los sueños es que no son limitados.
Tener ilusión en algo nos hace estar más vivos. Es como ese niño que espera ansioso la llegada de los reyes magos.
Cuando mis ilusiones se vienen abajo me digo siempre la misma frase: “bueno, después de todo, no se está tan mal en el planeta tierra”. Aunque también planteo, ¿no sería mejor vivir siempre felices en una eterna ilusión? Quién sabe.
Muchas veces creemos estar ilusionados con algo cuando en realidad lo único que estamos es encerrados en nosotros mismos. Tener ilusión no significa estar obsesionado con algo. El problema de todo esto es que al estar tan sumamente concentrado en eso que tanto nos gusta o nos atrae y tener tantas expectativas en ello, nos evadimos del mundo y creamos nuestra propia ficción. Es por esto que el ser humano se lleva tantas decepciones. En el fondo, las decepciones no son mas que un retorno al planeta tierra. Durante el tiempo que nuestra propia realidad nos lo permita, vivimos en un mundo de flores donde el cielo es de colores y nada nos saca de él. Todo esto dura hasta que uno deduce, por lo que sea, que está siendo fruto de una gran broma por parte de su imaginación.
Hay cosas en la vida que son universales y negarlas sería cosa de locos. Al igual que detrás de toda relación sexual (con un mínimo de sentimiento de por medio) se esconde un nerviosismo absurdo, detrás de toda ilusión se esconde una gran decepción. El ser humano se ilusiona y después, cuando ve que dicha ilusión no se ve recompensada, elucubra al máximo con tal de no reconocer que sus sueños han fracasado. Pero si algo bueno tienen los sueños es que no son limitados.
Tener ilusión en algo nos hace estar más vivos. Es como ese niño que espera ansioso la llegada de los reyes magos.
Cuando mis ilusiones se vienen abajo me digo siempre la misma frase: “bueno, después de todo, no se está tan mal en el planeta tierra”. Aunque también planteo, ¿no sería mejor vivir siempre felices en una eterna ilusión? Quién sabe.
jueves, 25 de febrero de 2010
Proxenetas de la dignidad
Cuando hablamos de prostitutas y gigolos, rápidamente se nos viene a la cabeza la imagen de mujeres y hombres que sacan dinero a base de mantener relaciones sexuales con desconocidos. Con el paso del tiempo los clientes pueden convertirse en habituales conocidos y llegando incluso a ser hasta amigos de a quienes están pagando.
Mucha gente piensa que los prostíbulos son lugares degradantes y que no deberían existir. Otros creen que el prostíbulo es el lugar mas digno que hay cuando no se está trabajando, y otros que simplemente es un lugar esporádico de visita cuando no se tiene nada mejor que hacer. Todas las opiniones son respetables, pero el verdadero problema no se encuentra en si está bien o no consumir en el negocio de la prostitución. Aunque yo no pague por los servicios de una prostituta, no soy nadie para criticar a aquellos que sí lo hacen ni soy más digno que ellos.
Lo verdaderamente preocupante del asunto es que el mundo se ha convertido en un prostíbulo. Que existan prostíbulos me parece bien, pero que todos formemos inconscientemente parte de uno me parece, como poco, curioso. Nos hemos convertido sin darnos cuenta en proxenetas de la dignidad. Hemos llegado a un punto en que vendemos tan barata nuestra dignidad que prácticamente la regalamos. Ya no solo traficamos con cuerpos sino que también lo hacemos con sentimientos y principios. Al presentador de la tele que es tan simpático y que nos cae tan bien a todos le da exactamente lo mismo cuantas almas venda al día. Le es indiferente contar a todo el país que cierta chica (famosa, por supuesto, ya que aquí solo vales si sales en la tele) está saliendo con cierto chico (si es famoso, mejor) y después especular sobre el por qué de su relación con el fin de seguir captando audiencia. Al político de turno le importa mas bien poco ayudar a su país. Se dedica a prometer para luego no cumplir nada de lo prometido. Como le han votado, ese político ha conseguido que millones de ciudadanos se conviertan en prostitutas de la dignidad y, a consecuencia, él en un proxeneta más.
Y si alguien, sorprendentemente, ya sabía todo esto, le diré también que el problema no termina ahí, sino que lo peor de todo es que hay cadáveres de por medio. Cadáveres vivientes. Mucha mas gente está muerta en vida. Suena catastrofista pero es así. Creemos tener dignidad, y antes de plantearnos si la tenemos o no, ya la hemos perdido. Por eso, prefiero seguir siendo un indigno social a que la sociedad me quite mi dignidad.
Mucha gente piensa que los prostíbulos son lugares degradantes y que no deberían existir. Otros creen que el prostíbulo es el lugar mas digno que hay cuando no se está trabajando, y otros que simplemente es un lugar esporádico de visita cuando no se tiene nada mejor que hacer. Todas las opiniones son respetables, pero el verdadero problema no se encuentra en si está bien o no consumir en el negocio de la prostitución. Aunque yo no pague por los servicios de una prostituta, no soy nadie para criticar a aquellos que sí lo hacen ni soy más digno que ellos.
Lo verdaderamente preocupante del asunto es que el mundo se ha convertido en un prostíbulo. Que existan prostíbulos me parece bien, pero que todos formemos inconscientemente parte de uno me parece, como poco, curioso. Nos hemos convertido sin darnos cuenta en proxenetas de la dignidad. Hemos llegado a un punto en que vendemos tan barata nuestra dignidad que prácticamente la regalamos. Ya no solo traficamos con cuerpos sino que también lo hacemos con sentimientos y principios. Al presentador de la tele que es tan simpático y que nos cae tan bien a todos le da exactamente lo mismo cuantas almas venda al día. Le es indiferente contar a todo el país que cierta chica (famosa, por supuesto, ya que aquí solo vales si sales en la tele) está saliendo con cierto chico (si es famoso, mejor) y después especular sobre el por qué de su relación con el fin de seguir captando audiencia. Al político de turno le importa mas bien poco ayudar a su país. Se dedica a prometer para luego no cumplir nada de lo prometido. Como le han votado, ese político ha conseguido que millones de ciudadanos se conviertan en prostitutas de la dignidad y, a consecuencia, él en un proxeneta más.
Y si alguien, sorprendentemente, ya sabía todo esto, le diré también que el problema no termina ahí, sino que lo peor de todo es que hay cadáveres de por medio. Cadáveres vivientes. Mucha mas gente está muerta en vida. Suena catastrofista pero es así. Creemos tener dignidad, y antes de plantearnos si la tenemos o no, ya la hemos perdido. Por eso, prefiero seguir siendo un indigno social a que la sociedad me quite mi dignidad.
domingo, 21 de febrero de 2010
Mírame a los ojos
El intercambio de palabras entre las personas se ha convertido en un atajo que nos lleva directamente a descubrir cómo es la persona con la que estamos tratando. Sería fácil averiguar cuales son las creencias religiosas de alguien con el simple hecho de sacar en la conversación el escabroso tema del aborto. También resultaría sencillo saber de qué pie cojean (políticamente hablando) con solo hacer un breve comentario sobre algún tema de actualidad política.
Todo esto es la postura cómoda. Sí, aunque creamos que hemos descubierto America con el hecho de haber cruzado cuatro palabras bien dichas, en realidad no tenemos ni la menor idea de con quién tratamos. Sinceramente, no creo que haga falta que dos personas establezcan una conversación para descubrir si se llevan bien o mal, si conectan o no o si están siendo sinceros el uno con el otro. El diálogo sobra. Basta con mirar fijamente a los ojos a alguien para saber por dénde va.
Con entrar en el metro y quedarse en una esquina observando a la gente sacamos muchas cosas en claro. Uno descubre todo tipo de señales, vicios, obsesiones, perversiones, autoconfianza, vergüenzas, negatividad, etc. Los gestos son importantes pero no definen con exactitud cómo es la gente. Alguien que se toca mucho la barbilla o está continuamente moviendo las piernas mientras está sentado simplemente es que tiene un problema de inestabilidad en el tiempo. Es decir, que tiene prisa, está intranquilo o le preocupa algo. Pero no hace falta ser psicólogo para saber todo eso. Yo no lo soy y puedo asegurar que alguien que está constantemente mordiéndose las uñas es porque se encuentra incomodo por algo. También podría ser por manía, pero en ese caso la merienda con su propia mano suele ser breve y menos intensa.
Hace poco he tenido la suerte de encontrarme con una mirada que me ha descolocado por completo. ¿Y eso es una suerte? Pues para mí sí, porque de lo contrario seguiría estancado en mi percepción de la realidad, y por muy fiel que sea a mis principios eso nunca puede ser bueno. Gracias a esa mirada veo el presente menos gris y el futuro menos negro. Por otro lado, cuando he dicho que me ha descolocado también es en el sentido de que hay algo que no me termina de convencer. Estoy inseguro pero confiado a la vez. Ahora mismo soy un valiente con miedo.
Por último, si algún día la persona que esté leyendo esto se cruza conmigo y me ve observándole fijamente a los ojos, no piense que estoy loco (que posiblemente sí) o que me siento atraído por usted (que lo mismo también), sino que solo estoy manteniendo una conversación sincera con usted.
Todo esto es la postura cómoda. Sí, aunque creamos que hemos descubierto America con el hecho de haber cruzado cuatro palabras bien dichas, en realidad no tenemos ni la menor idea de con quién tratamos. Sinceramente, no creo que haga falta que dos personas establezcan una conversación para descubrir si se llevan bien o mal, si conectan o no o si están siendo sinceros el uno con el otro. El diálogo sobra. Basta con mirar fijamente a los ojos a alguien para saber por dénde va.
Con entrar en el metro y quedarse en una esquina observando a la gente sacamos muchas cosas en claro. Uno descubre todo tipo de señales, vicios, obsesiones, perversiones, autoconfianza, vergüenzas, negatividad, etc. Los gestos son importantes pero no definen con exactitud cómo es la gente. Alguien que se toca mucho la barbilla o está continuamente moviendo las piernas mientras está sentado simplemente es que tiene un problema de inestabilidad en el tiempo. Es decir, que tiene prisa, está intranquilo o le preocupa algo. Pero no hace falta ser psicólogo para saber todo eso. Yo no lo soy y puedo asegurar que alguien que está constantemente mordiéndose las uñas es porque se encuentra incomodo por algo. También podría ser por manía, pero en ese caso la merienda con su propia mano suele ser breve y menos intensa.
Hace poco he tenido la suerte de encontrarme con una mirada que me ha descolocado por completo. ¿Y eso es una suerte? Pues para mí sí, porque de lo contrario seguiría estancado en mi percepción de la realidad, y por muy fiel que sea a mis principios eso nunca puede ser bueno. Gracias a esa mirada veo el presente menos gris y el futuro menos negro. Por otro lado, cuando he dicho que me ha descolocado también es en el sentido de que hay algo que no me termina de convencer. Estoy inseguro pero confiado a la vez. Ahora mismo soy un valiente con miedo.
Por último, si algún día la persona que esté leyendo esto se cruza conmigo y me ve observándole fijamente a los ojos, no piense que estoy loco (que posiblemente sí) o que me siento atraído por usted (que lo mismo también), sino que solo estoy manteniendo una conversación sincera con usted.
miércoles, 10 de febrero de 2010
¡Que rule la hipocresía!
Lo que para uno está bien, para otro puede resultar la cosa mas horrible del mundo. En cierto modo, la diversidad de opinión sobre ciertos temas está muy bien y más que justificada ya que da pie al pluralismo. Sin embargo la sociedad coincide en ciertos aspectos. No hace falta irse a los diez mandamientos para sacar la conclusión de que matar no está bien. Tampoco está bien insultar, robar, mentir… hay tantas cosas que están mal que ocuparía tanto tiempo y espacio que no merece la pena seguir.
De lo que no oigo hablar nunca es de la hipocresía. Y no será porque falte… Debe ser que hay tanta hipocresía y tanto juego sucio que nadie es capaz de dedicarla un capítulo. Esto ya demuestra la valentía de la sociedad para enfrentarse a la realidad. Es mejor poner buena cara cuando vemos pasar a la típica vecina que nos saluda cordialmente y luego criticarla por la ropa de pordiosera que lleva. Es un ejemplo típico de culebrones latinoamericanos y que aquí en España lo estamos llevando a la vida real con tanto estilo y categoría que nos resulta hasta normal.
Hay un caso de hipocresía que me preocupa profundamente. El partido más disputado y entretenido de la infinita edición del torneo de la comunidad hipócrita entre dos equipos que luchan por ascender: alcohol frente a cannabis. Y es que beber se a convertido en un acto de tal hipocresía que ni siquiera la copa más cargada lo supera. ¿Por qué beber no está tan mal y fumar marihuana es malísimo? Si el que me está leyendo piensa que estoy haciendo una apología del cannabis y que estoy justificando su legalización, directamente le diré que es un hipócrita más. El clásico adolescente se emborracha por primera vez y queda como algo anecdótico. “Vaya pedo se agarró fulanito” diría el típico amigo analfabeto e hipócrita. El mismo caso podría pasar con un chaval que experimenta con la marihuana por primera vez. Sin embargo los comentarios ya no serían los mismos. “Vaya fumada se cogió menganito, está echando su vida a perder porque se va a enganchar”. Claro, el alcohol está legalizado y, lo que es más peligroso, está normalizado. No confundir alcohol con tomarse una copa de vino para comer, sino aquellos que viernes tras viernes beben y no precisamente una copita de vino. Pero claro, como es algo que se hace por rutina ya no es malo… y si algún día te excedes es suficiente con decir que no volverá a pasar mientras recuerdas las tonterías que hacías con tus amigos.
¿Pero que clase de circo absurdo tenemos montado entre todos? Es todo tal farsa y tal espectáculo lamentable que me mofo con todas las letras de esas personas. Todo el mundo merece respeto, sí, ¿pero es que a caso esa gente sabe lo que dicen? Es algo tan contradictorio como aquel que se muestra contrario a las relaciones prematrimoniales y luego sin querer y por arte de magia viola a un niño. Pero eso es otro asunto.
De lo que no oigo hablar nunca es de la hipocresía. Y no será porque falte… Debe ser que hay tanta hipocresía y tanto juego sucio que nadie es capaz de dedicarla un capítulo. Esto ya demuestra la valentía de la sociedad para enfrentarse a la realidad. Es mejor poner buena cara cuando vemos pasar a la típica vecina que nos saluda cordialmente y luego criticarla por la ropa de pordiosera que lleva. Es un ejemplo típico de culebrones latinoamericanos y que aquí en España lo estamos llevando a la vida real con tanto estilo y categoría que nos resulta hasta normal.
Hay un caso de hipocresía que me preocupa profundamente. El partido más disputado y entretenido de la infinita edición del torneo de la comunidad hipócrita entre dos equipos que luchan por ascender: alcohol frente a cannabis. Y es que beber se a convertido en un acto de tal hipocresía que ni siquiera la copa más cargada lo supera. ¿Por qué beber no está tan mal y fumar marihuana es malísimo? Si el que me está leyendo piensa que estoy haciendo una apología del cannabis y que estoy justificando su legalización, directamente le diré que es un hipócrita más. El clásico adolescente se emborracha por primera vez y queda como algo anecdótico. “Vaya pedo se agarró fulanito” diría el típico amigo analfabeto e hipócrita. El mismo caso podría pasar con un chaval que experimenta con la marihuana por primera vez. Sin embargo los comentarios ya no serían los mismos. “Vaya fumada se cogió menganito, está echando su vida a perder porque se va a enganchar”. Claro, el alcohol está legalizado y, lo que es más peligroso, está normalizado. No confundir alcohol con tomarse una copa de vino para comer, sino aquellos que viernes tras viernes beben y no precisamente una copita de vino. Pero claro, como es algo que se hace por rutina ya no es malo… y si algún día te excedes es suficiente con decir que no volverá a pasar mientras recuerdas las tonterías que hacías con tus amigos.
¿Pero que clase de circo absurdo tenemos montado entre todos? Es todo tal farsa y tal espectáculo lamentable que me mofo con todas las letras de esas personas. Todo el mundo merece respeto, sí, ¿pero es que a caso esa gente sabe lo que dicen? Es algo tan contradictorio como aquel que se muestra contrario a las relaciones prematrimoniales y luego sin querer y por arte de magia viola a un niño. Pero eso es otro asunto.
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