Desconsolada, miró al cielo y vio una estrella que brillaba más que el resto. Siguió su camino y encontró al mendigo sentado en unos escalones medio rotos. Estaba llorando y hundido. La princesa se acercó a él y le dijo: - Perdóname mi amado mendigo. He sido una egoísta. Jamás volveré a dudar de usted porque se que su amor es verdadero, al igual que lo es el mío hacia usted.
El mendigo no pudo evitar abrazar a la princesa y al igual que la primera vez, la perdonó. No importaba nada del pasado porque lo único que le importaba era ella y nada más que ella. La quería y eso era lo único relevante. Caminaron juntos sin saber la dirección.
De pronto, el mendigo se dio cuenta que había pisado algo. Era la flauta. Cuando se agachó a recogerla calló en la cuenta de que el sitio en el que estaban era el mismo en el que ambos se habían conocido aquella noche de invierno. Se fueron de allí bajo la atenta mirada de la luna sin más objetivo que el de vivir felices el uno con el otro.
FIN
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(El fuego quema mucho al principio. Parece que nunca desaparecerá... y cuando menos te lo esperas, se va reposando su calor infernal en lo más profundo de la tranquilidad).
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